
México va bien… y otros actos de fe
Hay semanas en las que la política no necesita caricaturistas: se dibuja sola.
El Gobierno informa que México va bien; una senadora lleva a una presidenta de imitación; Morena afilia hasta a quienes ya pasaron a mejor vida; un partido descubre que no puede llamarse México; Ayuso necesita un penthouse para trabajar provisionalmente y Trump se dispone a levantar un arco triunfal.
Si la realidad no coincide con el discurso, parece que la solución consiste en cambiar de realidad.
México va bien; favor de notificárselo a México
En su Segundo Informe de Gobierno, Claudia Sheinbaum aseguró que México va bien, destacó avances en seguridad, economía, educación, salud y vivienda, y afirmó que en la Cuarta Transformación no existen divisiones ni rompimientos.
El país descrito desde Palacio Nacional resultó ordenado, próspero y perfectamente unido. Algunos ciudadanos tuvieron dificultades para reconocerlo, probablemente porque no habían descargado la actualización más reciente.
Sería conveniente informar cuanto antes a los hospitales sin medicamentos, a las familias que buscan desaparecidos, a quienes hacen cuentas en el supermercado y a quienes viven donde la seguridad continúa trabajando a distancia.
Los informes poseen una ventaja sobre la realidad: todos los problemas caben en una gráfica descendente y todos los logros reciben aplausos.
La presidenta dice que México va bien. Millones de mexicanos esperan que ese México se ponga en contacto con el país donde viven.
La presidenta de imitación
La senadora morenista Simey Olvera presentó su informe legislativo en Hidalgo acompañada de “Claudita”, una imitadora de Claudia Sheinbaum.
Caracterizada como la mandataria, la actriz tomó el micrófono, reprodujo sus gestos, presentó a la senadora y posó con los asistentes.
La rendición de cuentas incorporó así una innovación democrática: si no se dispone de respaldo presidencial auténtico, puede contratarse uno razonablemente parecido.
La imitadora tenía peinado, vestuario y entonación presidenciales. Sólo le faltaba la investidura, aunque en algunos actos políticos parece ser lo menos importante.
Ante las críticas, la senadora defendió la puesta en escena y anunció un concurso de “mini Clauditas”, por si el país necesitara algún día una reserva estratégica de presidentas de repuesto.
La escena dejó una pregunta inevitable: si la presidenta era de imitación, ¿los resultados presentados eran originales?
En la política del espectáculo ya no es necesario transformar la realidad. Basta con conseguir a alguien que represente convincentemente el papel.
Morena afilió hasta a quienes ya habían pasado a mejor vida
El INE eliminó casi 600 mil registros inconsistentes del padrón de Morena. Había militantes duplicados, personas sin credencial vigente y más de 91 mil fallecidos.
La transformación llegó tan lejos que trascendió el plano terrenal.
Al parecer, la afiliación era para toda la vida y la baja debía solicitarse personalmente. Los militantes fallecidos no acudieron a inconformarse, lo cual pudo interpretarse como respaldo silencioso.
Otros aparecían simultáneamente en más de un partido. Un admirable ejercicio de pluralidad: ciudadanos capaces de apoyar varias ideologías sin permitir que la coherencia limitara su participación.
Morena conserva más de 11 millones de afiliados y sigue siendo la mayor fuerza partidista del país. Pero la depuración dejó una lección importante: en política, inflar las cifras no es difícil; lo complicado es conseguir que todos los afiliados respiren.
Somos México deja de ser México
El Tribunal Electoral ordenó al nuevo partido Somos México cambiar su nombre, emblema y elementos gráficos porque la expresión producía una apropiación simbólica de la identidad nacional.
El partido puede participar en las elecciones, aspirar a gobernar México y asegurar que representa a los mexicanos. Lo único que no puede decir es que “Somos México”.
La organización obtuvo el registro, pero perdió el nombre, el emblema y hasta el color con el cual se identificaba. Conserva, por fortuna, algunos militantes y probablemente varias cajas de propaganda que ahora podrán reciclarse en defensa del medio ambiente.
El episodio confirma que en la política mexicana cualquiera puede hablar en nombre del país, siempre que no se apropie gramaticalmente de él.
Somos México dejó de serlo por orden judicial.
Ahora deberá encontrar un nombre que exprese identidad nacional sin dar la impresión de sentirse demasiado identificado con la nación.
El penthouse provisional de Ayuso
El Gobierno regional de Madrid adquirió un penthouse de 6.3 millones de euros para que Isabel Díaz Ayuso lo utilizara temporalmente como oficina mientras renovaban su espacio oficial.
Una oficina provisional suele requerir escritorio, silla y cafetera. En Madrid, además, necesita 485 metros cuadrados en Chamberí, con cinco habitaciones, terraza y sala de cine. El inmueble, eso sí, figura con uso residencial y no de oficina: un despacho con capacidad para dormir a toda la consejería.
La austeridad quiso llegar, pero no encontró el elevador.
Ayuso, quien ha convertido las acusaciones de corrupción contra sus adversarios en parte central de su discurso, aclaró que la propiedad “no es mi residencia” y enfrenta ahora una investigación judicial y exigencias para explicar con transparencia la adquisición.
Seguramente todo tiene una justificación administrativa. Gobernar exige perspectiva y nada ofrece mejor perspectiva que contemplar los problemas públicos desde un penthouse de 6.3 millones.
Lo provisional pasará. La propiedad, afortunadamente, permanecerá.
El arco triunfal de Trump
Donald Trump quiere construir cerca del Cementerio Nacional de Arlington un arco de 76 metros inspirado en el Arco del Triunfo de París.
El proyecto todavía no cuenta con todas las autorizaciones —falta el visto bueno por la excepción de altura— y enfrenta una demanda en curso. Aun así, la Administración anunció que la excavación comenzará en un par de semanas, sin aval del Congreso; a cambio, se comprometió a avisar con catorce días de anticipación antes de mover la primera pala.
Primero el arco; después, si queda tiempo, los permisos.
Los presidentes ordinarios esperan a terminar su mandato para conocer su legado. Trump prefiere levantarlo personalmente, hacerlo visible desde varios kilómetros y asegurarse de que combine con su concepto de modestia.
Queda por definir qué triunfo conmemorará. Pero ése es un detalle menor: cuando el monumento mide 76 metros, siempre puede encontrarse una victoria a su altura.
París tiene su Arco del Triunfo. Washington podría tener el Arco de Trump. Y si el nombre no aparece todavía en el proyecto, seguramente será por falta de espacio.
Realidades alternativas
Estas historias parecen distintas, pero comparten una misma tentación: cuando los resultados no bastan, el poder produce representaciones.
Presenta un país que funciona mejor en el informe que en la calle; contrata una presidenta parecida a la verdadera; convierte muertos en militantes; prohíbe a un partido apropiarse de México; llama oficina a un penthouse y monumento nacional a la necesidad personal de trascender.
La realidad, sin embargo, conserva la impertinente costumbre de no dejarse gobernar por el guion.
Los muertos no votan, las imitaciones no gobiernan, los nombres no crean identidad, los penthouses no son austeros y los arcos gigantescos no fabrican triunfos.
Aunque, vistos desde suficientemente lejos y acompañados de aplausos, algunos informes consiguen que todo parezca posible.