Europa necesita inmigrantes. Lo que no necesita es inmigración sin control

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La reciente situación vivida en Ceuta, con la llegada masiva de inmigrantes y la presión que ha generado sobre un territorio pequeño y sobre sus servicios públicos, vuelve a colocar la inmigración en el centro del debate europeo. Y lo hace en un momento especialmente delicado: Europa envejece, necesita trabajadores y, al mismo tiempo, tiene dificultades para gestionar unos flujos migratorios que en determinados momentos pueden superar su capacidad de respuesta.

La discusión suele plantearse de una manera demasiado simple. Unos defienden que Europa necesita inmigrantes. Otros reclaman cerrar las fronteras. Entre ambos extremos existe una realidad mucho más compleja y, sobre todo, económica.

Conviene empezar por algo tan básico como importante. Emigrar e inmigrar son dos caras de una misma realidad. Una persona que abandona su país para buscar una vida mejor es un emigrante para el país que deja y un inmigrante para el país al que llega. El fenómeno es el mismo; cambia simplemente el punto de vista. Y detrás de buena parte de los movimientos migratorios existe una razón económica evidente: la enorme diferencia de oportunidades entre países. Cuando una persona puede multiplicar sus ingresos cruzando una frontera, emigrar deja de ser una decisión extraordinaria y se convierte en una decisión económica perfectamente racional.

Europa tiene un problema demográfico que no va a desaparecer. La baja natalidad y el envejecimiento están reduciendo progresivamente el número de trabajadores disponibles en muchos países. Sectores como la sanidad, la construcción, la agricultura, la industria, el transporte o determinadas actividades tecnológicas necesitan mano de obra que las economías europeas no siempre encuentran dentro de sus propias fronteras.

La inmigración puede ser, por tanto, una parte importante de la solución. Los inmigrantes trabajan, consumen, pagan impuestos y cotizaciones y, cuando están correctamente integrados, contribuyen al crecimiento económico. En una Europa cada vez más envejecida será difícil mantener el actual nivel de actividad sin recurrir también a trabajadores procedentes de otros países. Pero una cosa es reconocer que Europa necesita inmigración y otra muy diferente asumir que puede recibir un número ilimitado de personas.

Ninguna economía tiene una capacidad infinita de absorber población. Una persona que llega necesita trabajo, pero también vivienda. Necesita escolarización para sus hijos, atención sanitaria, transporte y, en muchos casos, formación lingüística y profesional. Cuando el crecimiento de la población es mucho más rápido que la capacidad de una ciudad o de un país para proporcionar esos servicios, aparecen tensiones que terminan teniendo una traducción económica y social. Ceuta es un ejemplo especialmente visible de esa realidad, porque la capacidad de cualquier territorio tiene límites. Cuando esos límites se superan de manera repentina, la presión sobre las administraciones y los servicios públicos se hace inevitable.

Por eso el debate no debería consistir en decidir entre inmigración sí o inmigración no. La verdadera discusión debería ser qué inmigración necesita Europa, cuánta puede absorber y cómo puede integrarla.

Europa necesita médicos, ingenieros, profesionales sanitarios, trabajadores industriales, agricultores, conductores, trabajadores de la construcción y profesionales tecnológicos. Necesita personas que puedan incorporarse al mercado laboral y contribuir a una sociedad que tendrá cada vez menos trabajadores europeos. Esto no significa convertir la inmigración en una selección exclusivamente laboral. Significa reconocer que una política migratoria sostenible necesita planificación y límites. El nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, que comenzó a aplicarse en junio de 2026, avanza precisamente hacia una gestión más ordenada de las llegadas, procedimientos comunes y un mayor control de las fronteras.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones del debate actual. Controlar la inmigración irregular no significa estar contra la inmigración. Al contrario, puede ser la condición necesaria para que la inmigración legal y ordenada sea socialmente sostenible.

Estados Unidos ofrece otro ejemplo interesante. Durante décadas ha sido uno de los grandes receptores de inmigración del mundo y su economía se ha beneficiado enormemente de ella. Pero la Administración Trump ha endurecido considerablemente las condiciones de entrada, las deportaciones y también determinados canales de inmigración legal. La cuestión es que Estados Unidos continúa necesitando trabajadores y talento extranjero.

México representa quizá uno de los ejemplos más interesantes para entender que la inmigración y la emigración son, en realidad, dos partes de la misma historia. Durante décadas, millones de mexicanos han emigrado hacia Estados Unidos buscando mejores salarios y oportunidades. Esa emigración ha creado uno de los mayores corredores económicos del mundo entre un país que necesita trabajadores y otro que recibe una parte de los ingresos generados por ellos. Las remesas son la expresión más evidente de esta relación. En los primeros siete meses de 2026 México recibió más de 36.000 millones de dólares enviados por sus emigrantes, y en julio volvieron a crecer interanualmente. Para millones de familias mexicanas, las remesas significan consumo, educación, vivienda y oportunidades. Pero también revelan una dependencia económica que no debería pasar inadvertida.

México recibe dinero porque millones de mexicanos producen riqueza fuera de México. Es una enorme transferencia de renta desde la economía estadounidense hacia la mexicana. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿puede un país construir una parte importante de su bienestar sobre la salida de sus propios trabajadores? Las remesas ayudan a las familias, pero no sustituyen la inversión, la productividad ni la creación de empleo. Un país puede beneficiarse enormemente de sus emigrantes y, al mismo tiempo, sufrir la pérdida de una parte de su población activa.

La relación entre México y Estados Unidos demuestra además que la inmigración no puede analizarse únicamente desde la perspectiva del país receptor. Lo que para Estados Unidos es inmigración, para México es emigración. Y para ambos es economía.

Latinoamérica conoce bien esta realidad. Millones de personas han salido de sus países hacia Estados Unidos, España y otros destinos porque la diferencia de salarios y oportunidades hacía que la decisión tuviera sentido económico. Las remesas se han convertido en una de las grandes conexiones financieras entre los países desarrollados y los países de origen.

Pero la cuestión será todavía mayor en África. Su población es joven y continuará creciendo durante las próximas décadas. Esa juventud puede convertirse en uno de los grandes motores económicos del planeta si existe educación, inversión, industria y empleo. Si no se crean suficientes oportunidades, la presión migratoria hacia Europa seguirá siendo difícil de contener.

Por eso Europa debería entender que su política migratoria no puede empezar y terminar en sus fronteras. La mejor política migratoria europea también pasa por generar oportunidades económicas en África. Invertir en infraestructuras, industria, tecnología, educación y empleo en los países de origen puede resultar mucho más eficaz a largo plazo que intentar gestionar permanentemente las consecuencias de la emigración.

La emigración no va a desaparecer. Mientras exista una enorme diferencia de salarios, seguridad y oportunidades entre países, millones de personas seguirán intentando desplazarse hacia aquellos lugares donde consideran que tienen un futuro mejor.

La movilidad de las personas ha sido siempre una fuente de progreso económico. Estados Unidos, Europa y muchos otros países desarrollados se han construido, en buena medida, gracias a generaciones de inmigrantes. Lo que ha cambiado es la dimensión del fenómeno y la capacidad de las sociedades para gestionarlo.

Por eso ha llegado el momento de abandonar los discursos simplistas. No toda inmigración es buena, pero tampoco toda inmigración es mala. No controlar las fronteras tiene costes, pero cerrar completamente las puertas también los tiene. Europa necesita trabajadores. Necesita talento. Necesita población activa. Necesita inmigración. Pero también necesita saber cuál es su capacidad real de integración.

Una política migratoria responsable debería combinar solidaridad y control, oportunidades y obligaciones, apertura y límites. Debe permitir la entrada legal de quienes Europa necesita y, al mismo tiempo, impedir que la inmigración irregular determine de facto cuántas personas puede absorber cada país. Porque defender una inmigración ordenada no significa ser contrario a la inmigración. Significa entender que para que la inmigración sea una oportunidad tiene que existir capacidad para integrarla.

Europa no puede permitirse una política de puertas abiertas sin planificación, pero tampoco puede permitirse cerrar sus puertas cuando su demografía le está diciendo exactamente lo contrario. La solución no consiste en levantar muros cada vez más altos. Consiste en conseguir que menos personas se vean obligadas a intentar saltarlos.

Europa necesita inmigrantes. Lo que no necesita es inmigración sin control.

Y ese equilibrio —saber quién entra, cuántos pueden entrar, en qué condiciones y qué capacidad tenemos para ofrecerles trabajo, vivienda e integración— no es una cuestión de ideología.

Es, sencillamente, una cuestión de economía.