El esfuerzo

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Son los últimos días de agosto en Cataluña. Gustavo y yo hemos venido a pasar el día en la Playa del Cavaió, en Canet de Mar. Acostumbrados como estábamos a las playas mexicanas a las que no hay que llevar nada, nos ha tomado tiempo aprender qué es lo que se necesita. Hoy, en cuanto estaciona el auto, bailamos un ballet sincronizado. Entre los dos colocamos el protector del parabrisas, él saca su silla de la cajuela, yo la mía, cada uno un parasol, él la bolsa de la comida, yo la de las toallas, él la bolsa térmica con las Coca Colas y los hielos y yo la manta que colocaremos en la arena.

He nadado durante una hora en la piscina verde turquesa que es el Mediterráneo en estos días en que no ha llovido y la temperatura se mantiene en treinta grados. Luego comemos los bocatas de jamón ibérico y queso de cabra en pan con tomate y, como postre, dados de melón, frambuesa e higo. Hemos leído un buen rato y, por primera vez en mi vida, he sacado mi silla de la sombra, he bajado lo más posible el respaldo, me he tapado los ojos con la gorra y ¡me he echado al sol! Eso es algo que jamás había hecho porque no me interesa broncearme, pero sobre todo porque el calor ha sido siempre un disparador principalísimo de migraña.

Cierro los ojos y me dispongo a meditar cuando escucho: Debes seguir esforzándote. ¿Recuerdas cuando en vez de aceptar la invitación de tu amiguito el sábado, te quedaste en casa a estudiar y sacaste esa nota tan buena en el examen? Mjm, contesta la vocecita de un niño. Me quito la gorra y volteo hacia atrás. Son dos adultos -imagino que los padres- que mantienen una de esas pláticas formativas con el hijo. Pobre, pienso. Y por un buen rato siguen conque hay que esforzarse para tener éxito en la vida y dando ejemplos. En algún momento, Gustavo y yo dijimos lo mismo a Orlando y a Miri. Luego aprendí que, como la mayoría de las cosas que nos enseñaron, era un error.

Me acuerdo de la vez, hace muchos años, que oí decir a un maestro de kábalah que dejáramos de pedir a los hijos que se esforzaran, que esa era una directiva que los padres pasábamos a los hijos POR MIEDO, que si fuera correcta, añadía, todos los obreros y campesinos que se matan trabajando serían millonarios y no es así. ¿Cómo entonces obtiene uno lo que desea?, le preguntaron. Manifestándolo. Así de fácil.

Con el tiempo aprendí lo que era la manifestación, en qué consistía y comencé a experimentar. No obstante algo hacía mal porque lo que más deseaba era lo que no lograba y, en cambio, cuando pedía cosas que no me importaban tanto, las obtenía sin problema. Incluso lograba cosas que yo creía que no quería pero que, al obtenerlas, me hacían muy feliz.

Luego entendí que mientras más me aferraba a lo que quería, más lo alejaba. Que el único obstáculo entre lo que deseaba y yo, era yo misma y mi miedo a no conseguirlo, el pedir desde la carencia, desde el no merecimiento, desde cualquier resistencia. Luego apareció el libro de El Secreto y hasta la película, donde explicaban que, al pedir, debía uno generar la emoción que sentiría si el objeto ya estuviera allí. A veces lo lograba pero, las más, no. Seguía sin comprender qué era lo que hacía mal.

Un día comenté a Higinia, mi ayudante que no lograba embarazarse: Orlando (mi primogénito) está tan contento y ahora es tan fácil estar con él que tendría otro hijo. Fue lo único que dije y luego lo olvidé. Ni siquiera se lo comenté a Gustavo. A las tres semanas estaba embarazada.

Hace tiempo, en un par de podcasts, uno de un chileno y otro de una inglesa en cuyos criterios confío, recomendaron el libro Reality transurfing de Vadim Zeland. Lo leí con mucha curiosidad. Varias cosas me sorprendieron, pero creo que la que más fue: Para pasar a la línea de la vida donde lo deseado se convierte en realidad, bastará con la energía de la intención pura. ¿Qué era eso? ¿De qué clase de pureza hablaba el autor? ¿La de Frodo?, ¿La de Sir Galahad? ¿Tendría uno que estar en gracia divina o qué? Luego lo explica de la manera más clara en uno de los mejores ejemplos del libro: Ahora solo mencionemos que la intención pura es la unión entre el deseo y la actitud, donde no hay lugar para la importancia. Por ejemplo, es pura la libre intención de ir al kiosko para comprar un periódico. Y al fin lo entendí: para manifestar se necesita no atribuir ninguna importancia a lo que uno desea, porque en cuanto se la atribuye se vuelve casi imposible lograrlo. Al fin entendí por qué nunca logré lo que más quería y había convertido en lo más importante, y lo que deseé apenas y a veces repitiendo que no lo quería (el marido, los hijos, la casa, viajar, vivir en el extranjero) eso sí que lo obtuve.

Este tipo de información la tenemos ya y es tan útil que yo la incluiría como parte de la educación formal de los adolescentes. Espero que llegue el día en que entendamos que no se trata de ir detrás de las cosas exprimiéndonos hasta la última gota, autoexplotándonos, sino que el “esfuerzo” sea visto como esas ganas de hacer las cosas porque ese hacer nos provoca placer. Entonces los padres dejarán de hablar a sus hijos de ese monstruo sudoroso, exhausto y desesperado que es el ESFUERZO y solo los guiarán al aprendizaje de las habilidades o los conocimientos que les gustan y para los que tienen talento.