Ebrard, presidente

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Tres consecuencias son previsibles para la política exterior de México en la 4T.  Primero, aquello de que “la mejor política exterior es la política interior”, representa en la práctica un aislamiento suicida para México ante un entorno de ajustes y equilibrios cambiantes en el mundo. Segundo, dar la espalda al mundo ante las circunstancias actuales, nos deja a merced de un vecino que por naturaleza y por historia, ha sido de todo, menos amigo de México. Y tercero, que el gran vacío que la 4T ha oficializado ante el mundo lo puede capitalizar de manera óptima el Canciller Marcelo Ebrard.

Me explico. El primer punto representa, en los hechos, la negativa de México -formal y oficial- a ser un actor importante en el conjunto de las naciones. Es la renuncia explícita a considerar el frente internacional como una arena en la que nuestro país ha tenido siempre un desempeño digno y relevante. Este “gestecillo de aldea”, como diría Ortega y Gasset, nos resta independencia, autonomía e identidad como factores relevantes de la presencia de México en el mundo. Puede llegar a limitar en forma severa los movimientos que signifiquen apoyo internacional negociado, así como la oportunidad de formar bloques de opinión, de presión y de fuerza que permitan contrarrestar y armonizar intereses que, de no existir, se verían como amenazas directas a la soberanía, y nos encontrarían sin apoyos en el mundo. Es como quedar solos frente al valentón del vecindario.

En segundo lugar, los Estados Unidos han sido siempre el gran reto de México en su política exterior. Ante esto, nuestro país siempre ha enarbolado la Doctrina Estrada (no intervención, autodeterminación de los pueblos y resolución pacífica de los conflictos), como una manera de hacer frente a las intenciones y acciones del Tío Sam. Si bien la tradición diplomática mexicana ha sido siempre la de oponer los principios frente a las acciones arrebatadas y perniciosas del vecino, hoy parece que, ante los embates de Trump y su “estilo” de negociación, nos lleva a ejercer una política de pragmatismo eficaz ante la embestida de la arrogancia yanqui.

¿Y los principios?  Es hora de ser más flexibles. La arrogancia y majadería twittera de Trump hacen que los caminos diplomáticos sean insuficientes. Hoy, la política exterior frente a Estados Unidos debe aprender a ser, como David frente a Goliat, astuta como serpiente y mansa como paloma.

Por último, y no menos importante, ese gran frente que ha dejado abierto, desprotegido y vacío la 4T, lo ha venido a llenar con acción eficaz y presencia efectiva Marcelo Ebrard. La foto del Canciller mexicano con Donald Trump en Osaka durante la reunión del G20 resulta muy elocuente. Dicen que es más importante estar más cerca del enemigo que del amigo: Ebrard ha entendido muy bien ese principio. Ese frente de lo externo resulta muy suculento para capitalizar las inquietudes del secretario mexicano de exteriores: llega a Osaka y contacta con el mundo. Con naturalidad, buen humor y seguridad.  Está en condiciones de hacer política exterior verdadera y eficaz. Ojalá no se tropiece con alguna piedra suelta de la 4T.