

El mayor signo de sabiduría es el conocimiento de la propia ignorancia.
– Sòcrates.
Los menos competentes tienden a magnificar sus capacidades convencidos de que son los mejores. No solo carecen de habilidades, sino de la conciencia de su limitaciòn. Es una doble ceguera.
Esa sobreconfianza es algo cotidiano, pues la podemos encontrarla en cualquier ámbito de nuestra sociedad: política, ciencia, negocios, el colegio o la vida cotidiana. Y es que el ignorante moderno lejos de aceptar sus limitaciones da por hecho que los limitados son los otros.
La trampa es colectiva, pues nadie se siente ignorante a solas. El ciudadano “inteligente” siempre encuentra a alguien que hace eco de sus aportaciones. Esa certeza compartida se convierte en verdad de modo que adquiere la solemnidad de un dogma. Ese conocimiento se puede usar para entender el mundo o para mirar las grietas en nuestro propio espejo.
Pero hay una salida. El ignorante debe aceptarlo: “no sè”. Sin embargo, es difícil aceptar esa verdad, sobre todo en estos tiempos modernos en los que la información parece confirmar las certezas colectivas solo por el hecho de deslizar un dedo sobre una pantalla. Ese es el punto. Hay mucha información al alcance de todos que lejos de informar, desinforma. Pero los receptores desinformados creen lo contrario.
El problema también consiste en enraizar nuestras intuiciones y convicciones. El hecho de no poner en duda nuestro limitados conocimientos nos encierra aùn màs en nuestra sabiduría (ignorancia). Los ignorantes modernos se alimentan de todos esos factores para reafirmar la certeza de su supuesta sabiduría.
Todas las respuestas del mundo moderno son inmediatas. Basta con revisar cualquier fuente de información y las dudas se disipan inmediatamente, pero el error no desaparece. Actualmente, la mayoría de las personas evita las noticias o la información con contenido. El exceso de ruido no da cabida a la reflexión, ni al debate. Menos voces moderadas, menos voces críticas y más estímulo a la inmediatez.
Si bien la apariencia es la base del juego del poder, en nuestros tiempos ya es una regla general que todo mundo viva de la mera apariencia. Todo el mundo actúa en un teatro de vida social. No importa lo que digas, sino cómo lo digas y cuánto dura en la conciencia del colectivo. Ese es el conocimiento moderno. No hay opiniones acertadas, sino tendencias transitorias.
En ese sentido, el yo crítico es relegado por el yo social. Cuando la máscara social impera, el conocimiento queda anulado. El conocimiento verdadero es un accidente mal visto en nuestros días.
Esos son los hilos del conocimiento moderno cuyos títeres sociales carecen de la reflexión y de la conciencia individual para reconocer que hay una realidad alterna que puede liberarnos de la inmediatez. Necesitamos más accidentes en un mundo que parece perfecto, pero no lo es.