El verdadero éxito necesita humildad 

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Hace poco presencié una situación que me dejó pensando muchísimo.

Un destacado relator y escritor de varios libros terminó de dar su charla magistral. Había personas que lo admiraban, todos querían acercarse, saludarlo, conversar con él y tomarse una foto.

Incluso había un regalo preparado.

Pero apenas finalizó, bajó rápido del escenario. Los animadora le pidieron volver para entregarle su regalo y tomar la foto de rigor; pero él sin ningún pudor no accedió a subir. Solo agarró los regalos y se fue. 

No sé qué había detrás de ese gesto. Quizás estaba cansado, tal vez no estaba apurado o simplemente necesitaba irse. Y sería injusto juzgar toda una historia por unos pocos minutos que uno alcanza a ver.

Pero después, conversando con otra persona que había estado ahí, me contó que ella misma le había pedido una fotografía y él le había dicho: “Después de la charla”.

Entonces me dijo algo que me impactó:

“Ahora soy yo la que no quiere la foto con él.”

En definitiva la decepción de ver que la personas que admiras tiene una actitud egoísta y hasta de mala educación porque honestamente se sintió por todos como una situación muy descortés. 

Luego durante el almuerzo de este evento y hablando de esta situación que no pasó inadvertida, una persona me dijo lo siguiente:

“Yo lo único que quería era tomarme una foto con el. Pero después de eso se desaire a la organización del evento se me cayó el personaje.” Qué frase tan fuerte.

Porque quizás eso es lo que ocurre cuando admiramos demasiado a alguien.

Construimos un personaje en nuestra cabeza. Lo imaginamos cercano, humilde, generoso, agradecido. Y muchas veces esa imagen se alimenta de lo que vemos sobre un escenario, en una entrevista o en las redes sociales.

Pero el verdadero carácter de una persona no siempre aparece cuando está bajo los focos. A veces aparece cuando termina la charla. Cuando alguien se acerca simplemente porque quiere agradecerte o llevarse una selfie como recuerdo de un momento que para esa persona fue importante.

Y aquí quiero hacer una reflexión desde el cariño, porque también es un llamado de atención para mí. El ego es muy silencioso.

Puede comenzar con algo tan inocente como sentirnos orgullosos de nuestro trabajo y terminar haciéndonos creer que somos más importantes que quienes nos rodean.

Los premios, los escenarios, los seguidores, los reconocimientos y la admiración pueden ser maravillosos.

Pero también pueden convertirse en una trampa.

Porque mientras más personas comienzan a mirarnos hacia arriba, más necesario se vuelve recordar que seguimos siendo personas.

No siempre podremos sacarnos una foto o conversar. Habrá días que no tendremos energía para recibir a todos. Y está bien.

La humildad no significa estar disponible permanentemente.

La humildad significa no olvidar el valor de quien está frente a nosotros.

Quizás esa persona que pidió una foto llevaba meses esperando escucharnos.

Puede que haya viajado kilómetros y necesitaba nuestro mensaje o simplemente quería guardar un recuerdo.

Y cuando alguien nos admira, no deberíamos sentirnos superiores por eso. Muy por el contrario debiésemos estar tan agradecidos.

Son los demás quienes, de alguna manera, nos ponen en ese lugar.

Por eso hay que tener cuidado con los pedestales. Porque son lugares muy altos, pero también muy solitarios.

Y porque cuando el personaje se cae, a veces lo que queda debajo no es la persona que imaginábamos.

Me quedo con una pregunta que creo que vale para todos, no solamente para quienes viven de los escenarios:

¿Quiénes somos cuando nadie nos mira?

Sin aplausos, ni seguidores y sin cámaras, aparece lo más importante.  “La persona”. 

Y ojalá esa persona siempre sea más grande que el personaje.