

Durante el Mundial, y hasta la derrota de la selección, México brilló. Se convirtió en el lugar de la fiesta, pero no de cualquier fiesta, sino de una muy inclusiva, muy solidaria y muy alegre en la que todos querían participar. Se corrió la noticia de que los estadios en Estados Unidos y Canadá, los otros países sede, estaban semi vacíos. ¡Claro! Si la fiesta estaba en México. Vimos fotografías de muchedumbres con la camiseta verde celebrando, vídeos de grupos lanzando alegremente a turistas por los aires y hasta a personas en sillas de ruedas. Vimos cómo México le abrió la puerta no solo a los equipos que no fueron bienvenidos en Estados Unidos, sino a los ciudadanos que llegaron al país a apoyar a su propia selección. Vimos cómo “adoptaban” a equipos extranjeros para apoyarlos durante sus partidos. Todos al unísono, reunidos en las grandes plazas como el Zócalo, el Ángel, el monumento a la Revolución. Vimos a influencers extranjeros contando en sus canales lo cálidos que somos los mexicanos, lo deliciosa que es la comida, lo bello que es el país y que aquí habían encontrado lo que no hallaban en el suyo. Todos éramos hermanos y nos queríamos. Era como si el contento por el triunfo le hubiera agrandado el corazón a México. Después, el cinco de julio México perdió en octavos de final contra Inglaterra y la algarabía se esfumó. México volvió a su realidad cotidiana, pero habíamos visto su corazón latir por el prójimo. Habíamos visto su luz.
Hasta que…
Dos días después, el comentarista de espectáculos Pedro Sola dijo en cadena nacional que, al ver perros en restaurantes, centros comerciales o supermercados, le daban ganas de “aventar un trozo de carne envenenada”, y remató afirmando que también le gustaría “darles un balazo” a quienes llevan perros en carriolas. México tuvo otro pretexto para unirse de nuevo, solo que ahora para castigar: la funa, es decir, la cancelación.
Una funa es una ola inmensa que cae sobre el elegido aplastándolo al instante. Al día siguiente, Pedro Sola dio una disculpa pública, pero leída, de modo que nadie le creyó y resultó contraproducente. Fueron días en los que varios “famosos” tomaron el micrófono para acabarlo. Se supo que algunos patrocinadores dejaron el programa y hasta Salinas Pliego, el dueño de la televisora, se deslindó del asunto. Lo que más me sorprendía era la saña. Habían sido días y días de golpeteo que, como castigo, parecían suficientes, pero aún se leía en los comentarios: ¡no lo perdonaremos!, ¡que pague!, ¡que lo metan a la cárcel!
Quizá era venganza contra alguien que ha pasado décadas hablando de los demás. Ahora “los demás” se la devolvían. “Le tocaba a él”. Su comentario había sido una torpeza claramente, de la que se disculpó con igual torpeza, pero era parte del discurso de alguien que ha demostrado por años que no piensa antes de hablar, y ha permanecido en su puesto a pesar de haber dañado a otros. Seguramente eso lo llevó a creerse impune. Lo que me sorprendía era la inclemencia de todos, como si cada uno de los que lo juzgaban nunca hubiera cometido un error y tuviera el derecho de culpar a quien fuera y de destruirlo para siempre. Sin contemplaciones.
Dice Odín Dupeyrón en su programa En busca de la razón: Una investigación de la Universidad de Nueva York encontró una asimetría brutal: los famosos reciben cancelaciones masivas por comentarios estúpidos mientras contenido genuinamente violento en cuentas anónimas pasan desapercibidos. La indignación digital no busca justicia, busca un objetivo visible, seguro y satisfactorio. Cuando alguien participa en una campaña de indignación pública experimenta una sensación de virtud que paradójicamente reduce su probabilidad de hacer algo realmente.
En este episodio, vimos la oscuridad de México.
Pero en las redes la gente también se ha estado uniendo para luchar por causas que realmente importan a la sociedad, aunque aún sean “sencillas”, como han sido la “privatización” de las playas por parte de extranjeros que han comprado casas y el despojo de las personas de sus viviendas por parte del crimen organizado.
Pareciera como si, como sociedad, estuviéramos creciendo. Como si estuviéramos pasando de la niñez a la adolescencia y en vez de juguetes se nos hubiera regalado una herramienta cuyo uso apenas estamos explorando. Estoy segura de que llegará el día en que la sociedad civil utilizará el poder de la unidad a través de las redes sociales para deshacerse al fin de quienes la subyugan y la expolian.
Ojalá.