Hay amores que matan

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La palabra amor tiene una fuerza simbólica inmensa. Es, quizá,  una de las palabras más nobles del lenguaje humano, porque con ella se nombra el cuidado, la entrega, la compasión, la lealtad, la ternura, la patria, la familia, la comunidad y la esperanza. Por eso, cuando la política la toma como bandera, conviene escuchar con atención, pero también con prudencia, porque no todo lo que se dice en nombre del amor necesariamente cuida, no todo lo que se presenta como amor libera, no todo lo que se envuelve en amor respeta y no todo amor político es, en realidad, amor democrático.

En los últimos años, la narrativa de la llamada Cuarta Transformación ha incorporado de manera insistente la palabra amor. Amor al pueblo, amor a la patria, “amor con amor se paga”. La frase puede sonar cálida, emotiva y profundamente humana. En un país lastimado por la desigualdad, el abandono y la desconfianza, hablar de amor puede resultar poderoso. Sin dejar del lado el hecho de que la política debe tener una dimensión ética, sensible y humana.

El problema no está en que un gobierno hable de amor. El problema aparece cuando el amor se convierte en una forma de blindaje moral frente a la crítica; cuando quien cuestiona deja de ser visto como ciudadano, periodista, opositor, académico, empresario, juez o persona con derecho a disentir, y empieza a ser colocado simbólicamente como “alguien” que no ama al pueblo, no ama a la patria o no entiende la transformación. Ahí el amor deja de ser virtud pública y empieza a convertirse en instrumento político.

Una democracia necesita afecto social, pero también requiere límites al poder. Necesita empatía, pero también instituciones. Necesita cercanía, sin olvidar la rendición de cuentas. Necesita gobiernos sensibles, pero no gobiernos que pretendan sustituir la evaluación de resultados por una narrativa emocional de lealtad. El amor, en política, no puede ser obediencia, silencio, culto o permiso para descalificar a quien piensa distinto.

El amor verdadero a un país también se expresa cuando se exige transparencia, cuando se piden cuentas, cuando se señala un error, cuando se defiende la división de poderes, cuando se reclama seguridad y cuando se demanda mejor educación, mejores servicios de salud, mejores carreteras, mejores oportunidades y mejores decisiones públicas. Amar a México no significa aplaudir siempre al gobierno en turno; significa cuidar sus instituciones, proteger sus libertades y reconocer que ningún proyecto político, por popular que sea, debe confundirse con la patria.

Esa confusión es peligrosa porque cuando un movimiento político se presenta como la expresión única del pueblo, la crítica empieza a verse como traición. Cuando un gobierno habla en nombre del amor al pueblo, pero divide constantemente entre buenos y malos, puros e impuros, patriotas y adversarios, el lenguaje deja de unir y empieza a marcar fronteras morales. Y cuando la política convierte el amor en contraseña de pertenencia, la democracia pierde aire.

Hay amores que cuidan, pero también hay amores que controlan. Hay amores que acompañan, pero también hay amores que exigen sumisión. Hay amores que construyen comunidad, pero también hay amores que terminan justificando excesos. Por eso la frase popular conserva tanta verdad: hay amores que matan. No porque el amor sea malo, sino porque también puede ser usado para encubrir posesión, dependencia, manipulación o abuso.

En la vida pública ocurre algo parecido. Hay discursos que parecen amorosos, pero que en el fondo buscan cancelar la crítica. Hay palabras dulces que pueden esconder prácticas duras. Hay llamados a la unidad que en realidad exigen alineamiento. Hay apelaciones al pueblo que terminan reduciendo la pluralidad de una nación a una sola voz autorizada.

México no necesita una política sin amor. La necesita profundamente humana, pero el amor público debe traducirse en cuidado real, no en propaganda. Debe verse en hospitales funcionando, escuelas dignas, medicinas suficientes, seguridad para las familias, apoyo verdadero a las mujeres, protección a la niñez, respeto a la ley, combate a la corrupción, servicios públicos eficientes y decisiones que no castiguen al que piensa distinto.

El amor al pueblo no se demuestra solamente en discursos multitudinarios ni en frases emotivas. Se demuestra en resultados verificables, en instituciones que funcionan, en gobiernos que escuchan incluso a quienes no los apoyan y en autoridades que entienden que la crítica no debilita a la democracia, sino que la mantiene viva. Tampoco se ama a la patria debilitando los contrapesos, descalificando a la prensa, presionando a los jueces, dividiendo a la sociedad o usando la legitimidad electoral como si fuera un cheque en blanco.

Por eso conviene desarmar con serenidad esta idea: el amor político no puede medirse por la adhesión a un movimiento. Nadie tiene el monopolio del amor al pueblo. Nadie tiene la propiedad moral de la patria. Nadie puede decidir quién ama más a México por la forma en que vota, por el medio que lee, por la crítica que expresa o por la pregunta que se atreve a hacer.

En una democracia madura, el amor a la patria también puede ser incómodo. Puede exigir correcciones, decir no, advertir riesgos, pedir cuentas, defender derechos y recordar que el poder, aun cuando llega con respaldo popular, necesita límites. Ese es quizá el amor más difícil para cualquier gobierno: el amor ciudadano que no se arrodilla, que no insulta, que no destruye, pero que tampoco calla.

La palabra amor merece respeto. Precisamente por eso no debería usarse para cubrir deficiencias, dividir moralmente al país o convertir la lealtad política en prueba de virtud. Si un gobierno ama al pueblo, debe aceptar que ese pueblo es plural, crítico, diverso y libre. Debe aceptar que hay muchas formas legítimas de querer a México, incluso desde la discrepancia.

El amor, cuando es verdadero, no teme a la verdad; y la política tampoco debería temerle. Cuando el amor se usa para pedir silencio, deja de ser amor y se convierte en control. Cuando se usa para exigir obediencia, deja de ser cuidado y se convierte en poder. Y cuando se usa para dividir entre quienes aman y quienes supuestamente no aman al pueblo, entonces ya no estamos frente a una virtud pública, sino frente a una narrativa peligrosa.

México merece una política con humanidad, sí, pero también con responsabilidad, resultados, límites y respeto a la pluralidad. Porque hay amores que construyen patria y hay amores que, en nombre del pueblo, terminan debilitando la democracia.