No mentir y otras falacias…

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Hay momentos en la vida pública en los que las palabras empiezan a perder fuerza no porque dejen de importar, sino porque han sido utilizadas demasiadas veces para justificar, suavizar, encubrir o administrar políticamente aquello que debería explicarse con claridad.

En política, palabras como honestidad, transparencia, justicia, servicio, pueblo, cambio, continuidad o renovación tienen un enorme valor. Son conceptos necesarios para orientar la acción pública y para construir confianza entre ciudadanía e instituciones. El problema aparece cuando esas palabras dejan de ser compromisos verificables y se convierten en recursos discursivos sin valor.

En los últimos años, la vida pública mexicana se ha llenado de expresiones que prometen una nueva moral en el ejercicio del poder. Frases breves, contundentes, fácilmente repetibles, que apelan a una aspiración legítima de la ciudadanía: tener gobiernos más honestos, más cercanos y más responsables.

En principio, nada hay de malo en ello. Después de tantos abusos, de tantas simulaciones y de tantas decepciones acumuladas, es comprensible que una promesa ética encuentre eco. La ciudadanía quiere creer que la política puede ejercerse con decencia, que el poder puede tener límites y que la palabra pública todavía puede recuperar valor.

Sin embargo, toda promesa ética enfrenta una prueba inevitable: la realidad.

El problema aparece cuando la honestidad se proclama más de lo que se verifica; cuando la transparencia se invoca más de lo que se practica; cuando la lealtad a la ciudadanía se menciona más de lo que se honra; cuando la rendición de cuentas se exige al adversario, pero se evade frente al aliado.

Porque ninguna consigna, por bien construida que esté, sustituye los hechos. La ética pública no se acredita en el discurso. Se acredita en la conducta.

En política, construir narrativa no significa adornar la realidad, sino darle coherencia. Una narrativa pública solo es creíble cuando el mensaje, la acción y la conducta caminan en la misma dirección. Cuando eso no ocurre, el discurso puede ganar aplausos por un tiempo, pero tarde o temprano pierde autoridad.

Ahí es donde muchas narrativas de poder comienzan a mostrar sus contradicciones.

No hace falta señalar con nombre y apellido cada caso para reconocer el clima político del país. Basta observar la conversación pública, escuchar el cansancio social y advertir la manera en que ciertos episodios obligan a las instituciones a ofrecer explicaciones tardías, parciales o excesivamente administradas.

Ante cada señalamiento, la respuesta suele parecerse demasiado: minimizar la duda, descalificar la crítica, aplazar la información, responsabilizar a terceros o envolver la falta de claridad en frases políticamente convenientes.

La ciudadanía, sin embargo, entiende más de lo que algunos actores de poder parecen creer: entiende cuando se responde sin responder; entiende cuando se informa sin transparentar; entiende cuando se habla de principios, pero se actúa desde la conveniencia.

Durante demasiado tiempo, buena parte del poder ha confundido la comunicación con la frase adornada, pulida, que suena bien y se repite con facilidad. Ha creído que controlar el relato equivale a transformar la realidad. Ha supuesto que una frase bien colocada puede borrar una decisión opaca, que una conferencia puede sustituir una explicación seria o que una lealtad política puede valer más que una responsabilidad institucional.

Pero la realidad termina imponiéndose en los hechos, en los documentos, en las contradicciones, en las omisiones y en la memoria pública.

Sabemos, que la corrupción no siempre aparece con maletas de dinero ni con contratos escandalosos. A veces se expresa de formas más sutiles, pero igualmente dañinas: en la captura de instituciones, en la protección de aliados incómodos, en el uso faccioso de los cargos, en el silencio calculado, en la manipulación de cifras, en la normalización del abuso y en la costumbre de exigir ética hacia afuera mientras se toleran excepciones hacia adentro.

Una de las mayores contradicciones de nuestra vida pública es que palabras profundamente necesarias han sido desgastadas por quienes más las repiten.

Porque hablar de honestidad no hace honesto a un gobierno. Hablar de pueblo no vuelve popular una decisión. Hablar de justicia no repara una arbitrariedad. Hablar de cambio, continuidad, renovación o futuro tampoco convierte automáticamente al poder en algo distinto. Las palabras pueden abrir una expectativa; solo los actos pueden sostenerla.

La verdadera ética pública no se mide por la cantidad de veces que se pronuncia una promesa. Se mide por la capacidad de poner límites al poder propio. Por la disposición a rendir cuentas incluso cuando incomoda. Por la valentía de investigar sin mirar colores. Por la humildad de reconocer errores. Por la convicción de que servir no es servirse, ni protegerse, ni blindarse detrás de la obediencia.

México, como muchas democracias en el mundo, vive una profunda fatiga moral. La gente está cansada de la mentira, de la opacidad, del privilegio disfrazado de austeridad, del abuso justificado en nombre de causas superiores. Está cansada de mirar cómo los discursos huecos, vacios… demagógicos prometen una cosa y las prácticas revelan otra. Está cansada de autoridades que llegan hablando de decencia y terminan administrando excusas.

Ese cansancio no es menor. Tiene consecuencias.

Cuando la ciudadanía deja de creer en la palabra pública, no solo se desgasta un gobierno: se desgasta la confianza en la política. Y cuando la política pierde confianza, crece la desafección democrática, ese territorio peligroso donde la gente empieza a pensar que nada cambia, que todos son iguales, que ninguna institución sirve o que la verdad ya no importa.

El cinismo del poder lastima, desgasta y confunde a la ciudadanía. La coloca frente a una disyuntiva dolorosa: creer otra vez o protegerse de una nueva decepción.

Y un país con una ciudadanía herida en su confianza se vuelve más vulnerable: vulnerable a los autoritarismos, a los pactos oscuros, a los liderazgos que gritan más de lo que explican, a los discursos que dividen para no rendir cuentas, a quienes usan la indignación social como combustible electoral y luego la abandonan cuando llegan al cargo.

Por eso, la exigencia ética no puede depender del partido, del personaje, del momento ni de la conveniencia. La ética pública no puede ser selectiva. No puede indignarse frente al adversario y guardar silencio frente al aliado. No puede ser látigo para unos y cobija para otros.

La ética pública, si es verdadera, tiene que incomodar a todos los espacios de poder: al gobierno, a la oposición, a los partidos, a los grupos económicos, a las burocracias, a los liderazgos sociales y también a quienes se consideran moralmente superiores.

Tal vez por eso escasea: porque la ética real no sirve para decorar discursos; sirve para poner límites.

Hoy México no necesita más relatos de pureza. Necesita instituciones que funcionen, gobiernos que expliquen, funcionarios que entiendan el peso de su firma y autoridades que sepan que cada cargo es una encomienda temporal, no una propiedad política.

Necesita liderazgos que comprendan que la transparencia no es una concesión, sino una obligación; que la rendición de cuentas no es un ataque, sino parte elemental de la vida democrática; que la crítica no es enemiga del poder, sino recordatorio de sus límites.

Servir al país, a un estado o a un municipio no debería ser una plataforma de protección personal ni un instrumento de acomodo político. Debería ser un ejercicio cotidiano de responsabilidad pública. Quien gobierna debe saber que la confianza ciudadana no se hereda, no se decreta y no se conserva con propaganda. Se gana todos los días y se pierde también todos los días.

La ciudadanía no necesita una ética narrada, sino una ética practicada. No necesita gobiernos que expliquen todo como mantra, sino autoridades capaces de rendir cuentas con seriedad, asumir costos y entender que el poder público exige límites.

Porque al final, la ciudadanía no pide perfección. Pide decencia. No exige discursos impecables. Exige congruencia. No espera santos en el poder. Espera servidores públicos capaces de recordar que el cargo no les pertenece.

Quizá ahí se encuentre la diferencia entre la ética pública y la falacia política. La ética pública se sostiene cuando hay decisiones transparentes, instituciones fuertes, información verificable, límites al poder y responsabilidad frente a la ciudadanía. La falacia aparece cuando la moral se usa como discurso, pero se abandona como práctica.

México ya ha escuchado demasiadas promesas morales. Lo que necesita ahora es mucho más difícil: gobiernos, partidos, dirigencias y autoridades capaces de estar a la altura de las palabras que utilizan para pedir confianza.