
Abril fue el mes del niño.
Y, quizá por eso, la política mexicana se comportó como patio escolar: unos cambiaron de banca, otros pidieron permiso para salir del salón, otros gritaron “¡soberanía!” desde el recreo, y varios quisieron esconder el examen debajo del pupitre.
Porque si algo nos dejó abril es una certeza: la infancia merece ternura; la política, en cambio, exige vigilancia. Sobre todo cuando los adultos juegan a gobernar como si nadie estuviera mirando.
1. Luisa Alcalde: cambio de pupitre
Luisa María Alcalde dejó la presidencia nacional de Morena para asumir la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal, por invitación de la presidenta Claudia Sheinbaum. El movimiento no es menor: implica sacar a una figura partidista de primer nivel para colocarla en una posición estratégica dentro del corazón jurídico del gobierno.
En términos escolares, la niña aplicada del salón dejó de ser jefa de grupo para sentarse junto a la dirección, no para tomar apuntes, sino para revisar que las travesuras del recreo vengan con fundamento constitucional.
Morena, mientras tanto, deberá reacomodar la fila, elegir nuevo liderazgo y fingir que todo estaba perfectamente calculado. Porque en política, como en la primaria, nadie se cambia de banca por casualidad: siempre hay una mirada, una indicación o una maestra que ya decidió cómo quiere acomodar el salón.
2. Morena y su kermés interna
La salida de Alcalde también exhibe algo más profundo: Morena sigue siendo esa criatura de muchas cabezas que intenta peinarse antes de la foto escolar.
Es partido, movimiento, gobierno, maquinaria electoral, ventanilla de aspiraciones, club de leales, refugio de conversos y patio de recreo de quienes ya se sienten candidatos al 2027. Todos levantan la mano, todos quieren hablar primero, todos dicen tener “territorio”, “estructura” y “pueblo”, aunque a veces lo único que tienen es prisa.
El problema no es que Morena tenga muchas voces. El problema es que, cuando todas hablan al mismo tiempo, la narrativa de unidad empieza a sonar como festival de fin de curso: mucha música, muchos trajes, muchas porras… y la maestra tratando de que nadie se salga del escenario.
3. Rocha Moya: no se iba… hasta que se fue
Rubén Rocha Moya pasó del “aquí sigo” al “regreso en un ratito”. Solicitó licencia temporal como gobernador de Sinaloa en medio de acusaciones desde Estados Unidos por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, señalamientos que él niega y considera infundados. Yeraldine Bonilla fue designada gobernadora interina.
La política mexicana tiene una especialidad: nadie renuncia, todos “se separan del cargo”. Nadie se va, todos “permiten que las investigaciones avancen”. Nadie acepta responsabilidad, todos se sacrifican por la causa, por el movimiento, por la patria, por la gobernabilidad o por cualquier concepto suficientemente grande como para cubrir una salida incómoda.
Rocha no se fue porque quisiera irse. Se fue porque quedarse empezaba a salir demasiado caro. Y en ese punto, hasta el más firme descubre las ventajas de pedir permiso para salir del salón.
4. La oposición: entre la denuncia y la tentación del aplauso extranjero
La oposición, por su parte, volvió a hacer lo que tantas veces hace mal: encontrar una causa legítima y convertirla en torpeza comunicacional.
Exigir investigaciones, transparencia y rendición de cuentas es necesario. Pero coquetear discursivamente con la intervención externa, o parecer celebrar que un gobierno extranjero ponga contra la pared a autoridades mexicanas, es políticamente riesgoso y narrativamente suicida.
Una oposición seria no tendría que escoger entre soberanía e investigación. Puede exigir justicia sin entregar la bandera. Puede cuestionar al gobierno sin parecer vocera de Washington. Puede denunciar corrupción sin olvidar que la dignidad nacional no se renta por unas horas de tendencia.
Pero ya sabemos: en el patio escolar de la política, algunos no quieren ganar el debate; quieren que los vea la maestra de intercambio.
5. La elección judicial: la tarea salió con tachones
La elección judicial prometía democratizar la justicia. Pero el experimento dejó tantas dudas que ahora se habla de corregir fallas, revisar procesos e incluso aplazar futuras etapas hacia 2028. Morena ha planteado ajustes al modelo, mientras otras versiones han sido negadas o matizadas dentro del propio oficialismo.
Dicho en lenguaje escolar: entregaron la tarea con tachones, letra chueca, fórmulas incompletas y una portada muy bonita que decía “democratización”.
El problema de fondo es que la justicia no puede organizarse como rifa de kermés. Elegir jueces, magistrados y ministros exige participación ciudadana, sí, pero también perfiles sólidos, reglas claras, información suficiente y un diseño institucional que no convierta la boleta en laberinto.
Porque cuando la ciudadanía no entiende por quién vota, no estamos democratizando la justicia. Estamos pidiéndole al pueblo que firme una tarea que otros hicieron mal.
6. La economía: la boleta incómoda
Mientras la política discutía soberanía, licencias, reacomodos partidistas y reformas judiciales, la economía tocó la puerta con su propia boleta de calificaciones.
Y ahí los números suelen ser menos pacientes que los discursos.
La economía no aplaude mítines. No entiende de porras. No se conmueve con consignas. Puede escuchar promesas, pero responde con inversión, crecimiento, inflación, empleo, consumo y confianza.
En el salón de clases del poder, la economía es esa materia que no perdona copiar en el examen. Se puede adornar, se puede explicar el contexto, se puede culpar al exterior, al pasado o a la oposición. Pero tarde o temprano la realidad pregunta: “¿y el resultado?”
Abril: mes del niño, espejo de los adultos
Abril nos recordó que la infancia necesita protección, ternura, juego, educación y futuro. Pero también nos mostró que muchos adultos en el poder siguen actuando como si gobernar fuera competir por quién grita más fuerte en el recreo.
Unos cambian de banca.
Otros piden permiso para salir del salón.
Otros esconden el examen.
Otros acusan al compañero de al lado.
Y algunos, cuando sienten que pierden el control, se envuelven en la bandera para que nadie les revise la mochila.
Abril terminó, pero el recreo político sigue.
La diferencia es que aquí no se rompen lápices ni se pierden loncheras: se mueven gubernaturas, se reacomodan partidos, se tensan soberanías, se aplazan reformas y se gobierna un país que ya no puede darse el lujo de confundir relato con coartada.
Porque una cosa es construir cuento político.
Y otra muy distinta es pretender que la realidad no pase lista.