Sequía en el Mediterráneo

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Una de las cosas que nos enamoró de la casa que compramos en Dosrius, a cuarenta kilómetros de Barcelona, fue el jardín. Es grande, con vista a los cerros del Parque Natural Montnegre, pero estaba seco. El pasto estaba muy ralo. Desde luego me prometí que lo reviviría. Y así fue. En cuanto tomamos posesión de la casa, lo primero que hice fue comenzar a regar. Además, hay árboles frutales: tres olivos, tres cerezos, un ciruelo y una enorme higuera. No los iba a dejar morir. Regué una vez por semana y a veces dos, pues el sol del verano lo calcina todo. De pronto la hierba comenzó a brotar y ya veíamos tramos verdes por aquí y por allá. Nos pusimos tan contentos. Yo seguía regando, hasta que un día llegó el recibo del agua. ¡Cuatrocientos euros! ¡O sea aproximadamente siete mil doscientos pesos! Casi nos da un ataque y Gustavo me pidió que detuviera mi furia reparadora. Y lo hice, porque me asusté. En el piso que acabábamos de dejar, en el barrio de Gracia, en plena Barcelona, pagábamos treinta euros. No había comparación. 

Dos meses después, el recibo volvió a llegar por cuatrocientos euros y no entendíamos por qué. Las probabilidades eran que hubiera alguna fuga de agua, que el medidor estuviera descompuesto o que el precio hubiera subido mucho debido a la sequía. Esta es una palabra que no solíamos oír cuando vivíamos en México. En cambio resultó frecuente cuando vivimos en África.  Me enteré de que desde el año pasado nos enfrentamos a una muy severa que afecta amplias zonas del Mediterráneo, sobre todo de la parte occidental. Lo que sucede es que ha habido una persistencia de temperaturas más altas de lo normal, así como una sucesión de olas de calor sumadas a un déficit de lluvias. Esto ha disminuido la humedad y ha afectado la vegetación dando lugar a la terrible sequía que ha azotado a África durante los últimos seis años y a Europa en los últimos dos. 

Desde que vinimos a vivir a Cataluña en 2017 por primera vez, nos dimos cuenta de lo poco que llueve. Normalmente son lloviznas que solo ensucian los autos y muy pocas lluvias de verdad. ¡Cómo recuerdo lo mucho que nos gustaba ver las tormentas de cada tarde desde la sala de la casa en México! ¡Aquellas eran lluvias de verdad que dejaban encharcado el jardín! Y se repetían tarde tras tarde durante julio, agosto y hasta septiembre. En cambio, aquí más de dos terceras partes del territorio español pertenecen a las categorías de áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas y la costa mediterránea es uno de los lugares con muy alto riesgo de desertificación. De todos modos, el 74% del territorio español ya se encuentra en tierras áridas o semiáridas que amenazan con multiplicarse en los próximos años si las temperaturas se siguen incrementando, si no se limitan los incendios forestales, la contaminación o la sobreexplotación de recursos hídricos. 

Nosotros nos mudamos a Dosrius en agosto del año pasado y no entendíamos cómo, con todo y sequía, los cerros estaban cubiertos de verde. Son bosques por donde quiera que uno mire. Lo entendí con la ropa que dejaba en el tendedero. Si intentaba recogerla por la tarde-noche, la encontraba húmeda, y a la mañana siguiente el jardín estaba húmedo de rocío, casi como si hubiera llovido. Tal vez eso es lo que mantiene a los árboles verdes. 

Finalmente ha llovido un poco más entre febrero y marzo. A un promedio de tres lluvias fuertes por mes. Eso bastó para que nuestro jardín reverdeciera y tuviéramos una hermosa sorpresa: el pasto se llenó de diente de león. Era hermoso ver tanta flor amarilla, como prado silvestre. Luego florecieron los dos cerezos pequeños y el ciruelo. En la punta de las ramas del cerezo grande están por brotar las flores rosas. Surgieron por aquí y por allá tapetes de flores fucsia y lilies, las primeras rosas, y la mejor sorpresa de todas: una larga hilera de tulipanes de diferentes colores que no sospechábamos que estuvieran allí. El jardín, a pesar de la sequía, de la restricción de agua, de que dejamos de regar, está lleno de flores. Y todo por las escasas lluvias que ha habido y esa curiosa humedad de todas las mañanas que es una bendición. 

Me conmueve la generosidad de la tierra. Cómo con tan poco, da tanto. Resulta un deleite salir por la mañana, sentarnos en la banca bajo el olivo a ver los cerros, meditar un poco, platicar y disfrutar los colores. Nuestro jardín nos hace felices.