El boyante nicho comercial de los escritores desesperados

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Después de tres años de trabajar en ella, Marcos decidió publicar su novela. Todos sabemos lo difícil que es llamar la atención de las grandes editoriales y él no tenía contactos. Alguien le recomendó buscar un agente literario, pero no hay muchos, tardan meses en dar el fallo, que puede ser un NO, y en caso de aceptar, se llevan un porcentaje de cada movimiento del autor en cuanto logran colocar su obra en una editorial. Ellos cobran por la venta de los libros, las conferencias, las presentaciones en medios, en ferias y hasta los premios. 

Una amiga le sugirió buscar en Internet las editoriales grandes y pequeñas y enviar una copia del manuscrito a cada una para probar suerte. Sin embargo, Marcos había escuchado que ese proceso podía llevar meses y meses para, al final, terminar en un NO.

La novela estaba terminada. Es una crítica llena de humor a las distorsiones de las redes sociales. A pesar de que quienes la leímos le aseguramos que era buena, Marcos se sentía muy inseguro porque esta es su primera novela, él un desconocido en el medio y aunque confiaba en la calidad de su libro, desconfiaba de su suerte. Pero le sucedía lo que a todos los creadores: ansiaba poner en manos del público su obra. No escribe uno para meter luego el manuscrito en un cajón, como no prepara uno una gran cena para meterla luego al refrigerador. 

Lo cierto es que hay una sobreoferta de escritores. Pareciera que todo el mundo tiene una historia que contar y ya a nadie le interesa o le parece relevante prepararse para escribir. Basta con tener una computadora y listo. Encima, el medio está tan jodido, que leía la otra vez un artículo donde explicaban que cada vez hay más escritores que no leen. O sea que ni los que producen los libros los consumen. 

Alguien más le habló de la coedición. Él averiguó y halló varias editoriales. Envió su propuesta a dos y ambas lo aceptaron. Marcos estaba feliz.

Una de ellas ofrecía de todo: impresión de mil ejemplares, maquetación, diseño editorial, corrección de estilo, trámite de ISBN y código de barras, difusión digital, prensa y difusión en medios culturales, comercialización, comercialización virtual, eventos y ferias. Todo por $366,600.00 pesos. La editorial se comprometía a poner $193, 103.00 pesos y a Marcos le cobraba $173, 697.00 (es decir casi 9 000 euros). 

Como no tenía esa cifra, consultó el presupuesto de la otra editorial, que ofrecía más o menos lo mismo a la mitad de ese precio. Era un desembolso fuerte y serían solo doscientos ejemplares, pero Marcos estaba dispuesto a correr el riesgo, sobre todo porque se acercaba la fecha del premio anual de Amazon, en el que quería participar. 

En cuanto le enviaron el manuscrito que iría a la imprenta, se dio cuenta de que tenía errores. Los localizó, se los envió y cuando se lo devolvieron “corregido”, resultó que no lo habían hecho bien. Por último, todo este movimiento afectó la maquetación, que la editorial cobró por volver a hacer.

Al final le publicaron los doscientos ejemplares, él volvió a hallar errores, la maquetación quedó muy sucia y no hicieron ninguna promoción. La amiga que le sugirió presentar la obra a una editorial clásica, acabó publicando en una de ellas. Entonces Marcos decidió hacer lo mismo. No puede. Muchas editoriales ponen como condición para aceptar un manuscrito, que no haya sido publicado antes y no esté en Amazon. Marcos está muy triste.