Viajes post covid

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Rosa Ana Cronicas Esmeralda

Acabo de regresar, desde Barcelona, a Breda, donde vivo. ¡Qué sorpresa! Es la primera vez que viajamos Gustavo y yo sin restricciones por el covid. No nos pidieron PCR para entrar en Holanda y todo pareciera haber regresado a la normalidad. En el aeropuerto de El Prat de Barcelona, la fila que zigzaguea para llegar al mostrador de la línea aérea, estaba llena de gente. Tras pasar el control de seguridad, fuimos a desayunar. ¡Todos los restaurantes estaban abiertos! Nos sentamos en mi preferido, el Enrique Tomás. Yo veía asombrada la cantidad de gente, en ropa de verano, que se movía de tienda en tienda, entraba en restaurantes y buscaba su sala de espera. 

Comenté a Gustavo lo lejos que me parecía aquel viaje que hicimos a México, en 2020, en plena pandemia, a vender nuestra casa. Hallamos los aeropuertos de Holanda y Mexico vacíos, los restaurantes y tiendas cerrados. ¡El avión iba a la mitad de su capacidad! ¡Pude recostarme durante aquel trayecto de once horas, porque entre cada pasajero había un asiento vacío!  Lo más extraño fue ver viajeros enfundados en monos blancos, de tela como papel, con capuchas ajustadas a la cara  con un lazo. Estaba prohibido quitarse la mascarilla, de modo que había que respirar el propio dióxido de carbono hasta salir del Benito Juárez.

En Barcelona, Gijs, un amigo holandés, me contó los problemas que había tenido en Schipol, el aeropuerto de Holanda. Y como sabía que iba para allá, me deseó suerte. Gustavo y yo nos esperábamos lo peor, pues habíamos visto los vídeos de viajeros haciendo hasta cuatro horas de cola para llegar al mostrador de las aerolíneas, y luego otras tantas para recoger las maletas. Resultó que durante la crisis sanitaria, que tanto afectó a las líneas aéreas, despidieron a muchos trabajadores que ahora no querían regresar al sector por desconfianza. No vimos nada de esto. Llegamos sin problema a Ámsterdam y de allí, como siempre, tomamos el tren a Breda.

Hoy las calles vuelven a estar llenas, los comercios han abierto. Pero si se fija uno bien, la ciudad ha cambiado imperceptiblemente. Hay comercios nuevos, cantidad de locales para renta, la raya en las calles peatonales para caminar por la derecha y el anuncio de servicio a domicilio en los restaurantes. Nosotros también cambiamos. Adquirimos la habilidad de comprar en línea y la experiencia de trabajar a distancia. A nivel físico hubo consecuencias. La Unión Europea informó que el 13% de los afectados por el covid aún sufre algún tipo de secuelas.  Pero también a nivel emocional. Nos cuesta el contacto con los desconocidos y las muchedumbres. Cuando nos presentan a alguien,  no sabemos si extender la mano, abrazar o hasta arriesgarnos a besar. 

En el caso de los niños esto puede haber escalado a otra dimensión sin que nos diéramos cuenta. Durante casi tres años lo que han escuchado es cuídate del otro, lávate, protégete de los demás, el exterior es peligroso. 

Por lo pronto ha comenzado a llegarnos, en forma de artículos, libros y películas, la manera como cada quien vivió la crisis. Lo que más recuerdo es haber asistido a un concierto en el Palau de la Música Catalana, donde la Franz Schubert Filharmonia tocaba la Novena Sinfonía de Beethoven, ¡y el coro cantaba con mascarillas!