El fantasma Nazi en Holanda

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Rosa Ana Cronicas Esmeralda

Hace unas semanas fui con Gustavo, mi esposo, a Edam, un pueblo hermoso a hora y media de Breda, donde vivimos. En nuestro recorrido por las calles junto a los canales, hallamos una librería. Entramos y lo primero que vi fue una edición del Diario de Ana Frank para niños, con unas ilustraciones bellísimas. Desde luego, lo compré, al igual que The discomfort of evening, una novela de Marieke Lucas Rijneveld, que habla sobre la vida en una granja de Brabante del Norte. 

Gustavo salió primero y, al salir yo, lo encontré agachado viendo algo en el suelo. Eran cuatro placas que indicaban los nombres de las personas que habían sido capturadas por los nazis. Eran cinco: Lise de 59 años, Fanny de 74 años, Josef de 65 años, Salomon 67 años y Julie, su esposa, de 59 años. Tal vez era un edificio de departamentos. Las placas decían: Aquí vivió, y  venía el nombre de la persona, su fecha de nacimiento, luego su fecha de deportación y por último la fecha en que había asesinada y el nombre del campo de exterminio. En este caso, Sobibor y Auschwitz. Nos quedamos muy impresionados al imaginar la tragedia que habían vivido. No lo esperábamos, porque la característica de la oscuridad es caerle a uno encima cuando está distraído viviendo. 

Al día siguiente tenía cita con PollyAnne, mi fisioterapeuta en La Haya. Mientras aplicaba sus temibles falanges en los puntos gatillo de mis cervicales, de alguna manera que no recuerdo llegamos al tema de su casa. Me contó que el año pasado había llegado a visitarlos a ella y a su marido, la mujer a quien se la habían comprado. Había ido a verla quizá por última vez porque ya estaba muy anciana. Mientras tomaban té, les contó que en 1940, durante la ocupación nazi, ella, al igual que su esposo, eran doctores. En la casa de la izquierda despachaba el partido nazi de Holanda y, en la de la derecha, los militares alemanes. Paradójicamente, esto hacía la casa de los doctores ideal para esconder judíos, pues nadie pensaría que irían a refugiarse en el sitio más peligroso. 

PollyAnne me llevó a conocer la casa. En el primer piso están los consultorios de ella y su socio. Además de la entrada principal por la calle, hay una entrada trasera, que era por donde ingresaban los judíos a los que se daba asilo una o más noches en lo que se les conseguían papeles y dinero para salir de Holanda. 

Me llevó hasta el estudio de su marido en el segundo piso, y él nos abrió una puerta que cualquiera habría pensado era de un clóset. A la izquierda se ve una segunda puerta que da acceso a un escondite de unos sesenta centímetros por dos metros y medio en donde llegaron a pasar algunas noches hasta cinco personas. Me asomé. Los muros son de ladrillo sin aplanar y huele a humedad. El esposo de PollyAnne me contó que cuando compraron la casa y descubrieron ese escondite, habían hallado cabos de velas y cartas.En 2021 aún hay campos de concentración en China, campos en donde se ha encerrado a inmigrantes. Esto aún no termina. La oscuridad sigue allí.  Espero que no por mucho tiempo más. La luz de tantas personas que trabajan en favor del planeta terminará diluyéndola. Estoy segura de que la Edad del Miedo está por concluir.