Ernesto Uranga Vox Populi

Hola. De nuevo aquí. Quiero contarte una historia. Me he sentido un poco raro en estos días. Como que se me acabó el tiempo de la reinvención, de la reflexión. Ahora, hay que dar paso a la actividad “normal”, como la habíamos dejado desde marzo: aquella lejana orilla que desapareció en la intensidad del oleaje de la cuarentena.

Me siento como los niños al regresar a clases. Un cambio más en la rutina y de nuevo a las cosas nuevas. Una especie de añoranza por el encierro -la querencia, dirían los aficionados taurinos- que nos ofreció una oportunidad invaluable para revisar la propia casa, hacer algunos arreglos, corregir desperfectos y, para algunos afortunados, plantear futuro en tiempo presente.

La cuarentena me permitió revisarme en profundidad, me obligó, literalmente, a darme cuenta de quien soy en realidad.  Me hizo ver que navego en la vida conectado al piloto automático, lo que me lleva a realizar muchas cosas útiles y prácticas para la vida. Pero también me ha mostrado que esa navegación intensa y frenética, es también una suprema evasión.

Se trata de un ocultamiento de lo que en verdad me anima: el espíritu, esa capacidad contemplativa del ser humano, que se refleja en todo lo que hago. Y es lo que quizás hacemos a un lado con mucha más frecuencia de lo que pensamos.

Dejamos pasar tantas cosas que alimentan el alma, que nos parece normal entregarnos a la vida material y decir que así estamos realizando nuestra vida. Con ello hemos dejado de sentirnos más vivos, más cordiales, más empáticos con nosotros mismos y los demás, con nuestros valores y aspiraciones… sin sentirlo siquiera como algo importante.

Es asumir que algo en nuestro equipamiento humano básico, es prescindible y desechable.

Me viene a la mente aquella viñeta de Quino, el padre de Mafalda, en que la niña dice. “¡Paren el mundo, que me quiero bajar! Y pues sí, el mundo se ha detenido en este 2020 y todos hicimos una bajada metafórica para obligarnos a examinar nuestra vida.

Y en mi caso personal, descubrí cosas interesantes, recuperar la importancia y necesidad de valores clave: colaboración, prevención, cuidado. Y todo ello con la restricción del contacto humano, cercano, próximo e íntimo, que es como vivir la gran paradoja de la separación para continuar siendo posibles como especie.

Y todo ello, conviviendo con escenas desgarradoras, asfixiantes, de la muerte en proporciones inmensas, y en círculos que se nos van estrechando poco a poco, hasta tocar a personas muy cercanas y queridas.

Fui testigo de diversas actitudes en mis congéneres: incredulidad, incompetencia, negación, evasión, y lo peor de todo: que así tomaban decisiones y señalaban con índices flamígeros a quienes deseábamos preservar la vida.

La cuarentena nos obligó a ser contemplativos en medio del mundo, nos trajo la oportunidad de despertar a ese genio interior que se llama espíritu humano y nos puso en guardia contra lo que podría aniquilar su actualidad más evidente.

Hoy nos llaman a vivir la “nueva normalidad” y, quizás, a vivir otra vez desde la inconsciencia y el piloto automático.

No desperdicies tu vida, recupérala y recupérate a ti mismo. Tú, jamás serás prescindible.