El nuevo invitado a casa: El Coronavirus

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Si en enero de este año nos hubieran dicho que en marzo las principales capitales del mundo estarían desiertas, no lo habríamos creído. Sin embargo sabíamos que algo grande vendría. Desde mediados de 2019, los principales astrólogos habían dicho dos cosas: que el 2020 sería un año de grandes desafíos (numerológicamente 2020 es igual a 4, que significa trabajo), y que se aproximaba la conjunción de Saturno, Plutón y Júpiter en Capricornio, lo cual significaba la destrucción de las estructuras sociales en el planeta a través de un cambio radical. Nos preguntábamos qué sería y esperábamos una guerra. Jamás se nos ocurrió que podría ser una pandemia.

Éste es un hito histórico tan interesante que me siento privilegiada de presenciarlo. Es el comienzo de la transformación del mundo como lo conocíamos.

Esta pandemia está sobre todo haciendo visible lo que la celeridad en la que vivíamos no nos permitía ver: a nivel mundial, lo que ha hecho la economía basada en las ganancias con los sistemas de salud. Los ha desmantelado junto con el arte y la educación porque no generan ganancias. En todos los países. La pandemia también está dando un golpe decisivo al sistema financiero al detener el mercado.

A nivel personal, está poniendo de manifiesto nuestras dificultades para estar con los otros o con nosotros mismos. Fue un shock saber que estaríamos encerrados con quienes tal vez no deseábamos, o solos, o lejos de nuestros seres queridos que por diferentes circunstancias se habían quedado en otros países cuando las fronteras se cerraron.

Pero también nos está enseñando cosas. Para empezar, por primera vez tenemos tiempo. Queriéndolo o no, eso nos lleva a la reflexión. ¿Realmente mi negocio me hace feliz?, ¿la carrera que estudié?, ¿la pareja que tengo?

Estamos aprendiendo a vivir frugalmente. Como todo está cerrado, no compramos, no vemos a nuestros amigos en restaurantes. Ahora los buscamos por videollamada. Pero extrañamos la cercanía.

Sobre todo descubrimos que somos uno. La epidemia nos pegó a todos, en todas partes, sin distinción de raza, creencias, sexo, edad o posición social. Nadie se salva. Es como vivir en guerra pero en paz. Decía un chico español: de jóvenes, a nuestros abuelos se les pidió ir a la guerra, nuestros padres vivieron las peores crisis económicas, y a nosotros sólo se nos pide quedarnos en casa. Pero estoy segura de que esto hará que surjan novedades en todos los terrenos, porque la creatividad está ligada a la solución de problemas y éste es uno muy gordo.

Con la llegada de la pandemia lo primero que afloró fue el miedo, que es la zona de confort de nuestra mente, el camino que toma ante cada desafío, y esta vez no ha sido distinto. Por eso urge hacerlo aun lado y tomar la solución en nuestras manos.

México es un país con millones de personas en pobreza extrema que no pueden darse el lujo de encerrarse en sus casas, que deben trabajar para comer. Como en época de terremotos deberíamos poner en marcha el tremendo mecanismo de solidaridad que nos caracteriza e ingeniarnos para inventar maneras de asistir a quienes más lo necesitan.

Y a nivel global, si elegimos no ayudar materialmente a nadie o no podemos, nuestra manera de cooperar sería elevar el sistema inmunológico del planeta, y la única forma es no entregarnos al miedo.

Estamos conectados. Los logros de uno llegarán a los demás. Éste, como siempre, es un asunto del corazón, y como día Don Juan, el desafío del guerrero es la alegría. Esta vez no es opcional. O hallamos motivos para alegrarnos o nos hundiremos. Y sin razón porque, al final, no olvidemos que se trata de una estúpida gripe.