“En la lucha por el poder y el dinero sólo juegan limpio los perdedores”

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Por Vicente Francisco Torres

Desde julio de 2018, fecha en que los mexicanos votamos por echar del poder al PRIAN, el país entró en una suerte de ebullición que cada día nos sorprende con una noticia espectacular. Hechos que hubieran tenido una significación específica, el contexto en el que surgen les da una carga adicional, quizá mayor que el objetivo propuesto inicialmente. Este es el caso de la más reciente novela de Enrique Serna: El vendedor de silencio (2019). Enfocada en perfilar un personaje con muchas aristas, en un marco de varios sexenios (de Cárdenas a Echeverría), la obra adquiere una vigencia extraordinaria por los escándalos que los periodistas electrónicos llamaron las chayolistas, en alusión a las dádivas que recibía del gobierno la comentocracia a cambio de suscribir y celebrar actos absurdos y lesivos para el país.

El Estado pagador

Siempre se supo de periodistas y lectores de noticias ante cámaras de televisión que tenían vendidas sus páginas y opiniones a los gobernantes y políticos en turno. El Estado les pagaba por lo que decían, ensalzaban o callaban, ya fuera mediante sueldos disfrazados o publicidad.

      Pero llegaron las redes sociales y el poder de la radio, la televisión y los medios impresos tradicionales empezó a declinar, no sin antes emprender una guerra a los youtuberos que fueron descalificados con el peregrino argumento de que no eran periodistas. ¡Como si las escuelas de letras hicieran escritores!

      Llegaron los apoyos a campesinos, los rescates energéticos, la reducción de los sueldos de los altos funcionarios… y la cancelación de los pagos publicitarios millonarios a revistas, periódicos, estaciones de radio y televisoras. Pronto vendría la revelación de las nóminas con las escandalosas cantidades entregadas a los medios de antaño.

      En este momento aparece El vendedor de silencio, una novela histórica que aborda la figura del periodista Carlos Denegri (Argentina, 1910-1970), corrupto por antonomasia… pero era mucho más que eso. Resulta obvio que Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) trabajó en esta novela muchos años antes de la revelación de las listas de corrupción periodística, pero el momento en que aparece abonó su éxito avasallador porque hace la crónica de ese periodismo en vías de extinción.

      Cierto que el autor tiene miles de seguidores que garantizan la atención a sus libros, pero su novela anterior, La doble vida de Jesús (2014), de fuertes tintes políticos, no causó tanto revuelo. Ni siquiera El miedo a los animales (1995), que hablaba de la corrupción en el mundo de los hombres de letras, hizo tanto ruido.

Nombres y circunstancias reales

El vendedor de silencio tiene la singularidad de poner en escena a políticos, periodistas, personajes de la cultura y la farándula con sus nombres y circunstancias reales: los hermanos Maximino y Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Alfonso Corona del Rosal, Salvador Novo, Enrique Loubet, Manuel Becerra Acosta, Fidel Velázquez, Alfonso Reyes, Carlos Septién García, Francisco Zendejas, Julio Scherer García, Jacobo Zabludowsky, Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados Chapa. El químico escritor Gonzalo Martré ya había hecho esto en una trilogía ?El Chanfalla (1978), Entre tiras, porros y caifanes (1983) y ¿Tormenta roja sobre México? (1993)? en donde no sabemos cuánto es ficticio y cuánto está tomado de la realidad, aunque nos queda la sospecha de que lo segundo es dominante.

      El vendedor de silencio, con una habilidad narrativa que recuerda al Carlos Fuentes de La región más transparente, entrega a un personaje trágico, resultado de su circunstancia cultural, familiar y sus terribles pulsiones. Entenado de un diplomático carrancista, vive su infancia en distintos países y eso le permite aprender inglés, francés y alemán. El resto es producto de su inteligencia, su capacidad de trabajo, su intuición, su perversidad, su encanto, su falta de escrúpulos y su ambición.

Poesía primero, luego periodismo

Cuando no estaba en el extranjero se dedicaba a escribir poesía y, ante sus escasos logros en este terreno, se dedicó al periodismo, donde pronto aprendió a manejar las palabras pero también el silencio; cobraba por lo que decía, pero también por lo que callaba; era un vendedor de silencio, como reza el título de la novela. Conformó un archivo cuyos cajones tenían diferentes colores, según las posibilidades de loa o chantaje. Sus periodicazos, los guiños de sus columnas de chismes y sus comentarios televisivos le dieron tal poder que pedía favores a funcionarios que lo salvaban de todos sus atropellos. Golpeó, manipuló, balaceó, traicionó, injurió, chantajeó, difamó y siempre fue protegido por la policía: llegó montado en un caballo al hospital en donde agonizaba su padrastro, le arrancó la ropa a una de sus mujeres en un restaurante y la persiguió a punta de pistola, le atravesó un pie con un sable, le rompió la nariz con una botella, balaceó a sus hijastros por la azotea de su casa…

Un fresco del país

La novela es también un fresco del país, con sus funcionarios en turno, cantantes, compositores y toreros. Muestra restaurantes, bares y casas de asignación como en su oportunidad lo hicieron Ensayo de un crimen (1944, de Rodolo Usigli), El complot mongol (1969, de Rafael Bernal) o la mencionada trilogía de Gonzalo Martré.

      Carlos Denegri encarnó al periodista mercenario del priísmo y del panismo. Recibió pagos publicitarios de bancos, políticos, la iglesia, la CIA… y mostró vicios añejos como el poder omnímodo del presidente, las empresas fantasmas y el lavado de dinero, las compras del gobierno con sobreprecio, la prepotencia e impunidad de presidentes y gobernadores (el Estado fue el principal de sus clientes), la justificación de las devaluaciones, el acarreo a cambio de una despensa miserable y el exceso de guaruras (Miguel Alemán Valdés tenía 400 elementos de seguridad). Denegri es un personaje construido con dilatada delectación. Es cruel, corrupto, lascivo, violento, cínico (“en la lucha por el poder y el dinero sólo juegan limpio los perdedores”), traidor, golpeador de mujeres.

      Con este libro, Enrique Serna le pone otro clavo al ataúd de los periodistas mercenarios a cuyo ocaso asistimos. Sí, este ha sido su flanco más destacado en 2019, pero poco se ha dicho sobre su carácter novelesco. Carlos Denegri aparece moldeado en diferentes aristas. La periodística y corrupta es una, la violenta y seductora es otra. Su capacidad intelectual fue notable: tuvo una prosa maleable que se adaptaba a todo; sabía reptar y acariciar, engañar y amenazar.

      Diseñó un fichero colorido de donde sacaba la información pertinente en el momento preciso. Pudo hacer reportajes en África, Europa, Sudamérica y Estados Unidos. Fue un hombre culto que entrevistó a dignatarios de diferentes latitudes. Tenía la información para asistir a foros internacionales y tejer relaciones con hombres de poder. Pero la existencia de este hombre estallaba con el alcohol, que lo volvía un psicópata que olvidaba sus conveniencias. ¡Por una cruda dejó plantado al secretario de la Defensa Nacional!

Vivir el éxito como un fracaso

En su tiempo, Denegri fue conocido por su talento, su impunidad y su carácter explosivo, pero sobre todo por su alcoholismo. Sus colegas lo evadían con tal de no asistir a sus lances de borracho. Acumuló riqueza, fama y poder; pero ninguna mujer lo soportó. Sólo tuvo un confidente, el también periodista Jorge Piñó Sandoval, que era honrado y le decía su precio de frente. Sus palabras sirven para perfilar las honduras de Denegri ?“tú vives el éxito como un fracaso: pleitos en lugares públicos, rabietas de energúmeno, maltrato a las mujeres. Pareces un infiltrado en el bando de los ganadores”? aunque, en las discusiones con sus mujeres, se pintaba de cuerpo entero: “Si no fuera por la fe, volveríamos a la ley de la selva. Yo la contraje desde niño, pero nunca pude imitar las virtudes de Cristo. Si lo hubiera hecho sería un escritorzuelo muerto de hambre. Los malos acaparamos los honores y las riquezas, tenemos los mejores puestos, nos reímos a carcajadas de las personas decentes que respetan la ley. Sólo en las películas recibimos un castigo, en la vida real nos las pasamos a toda madre, ¿a poco no?”

      Los diálogos con Jorge Piñó Sandoval son como su conciencia y funcionan como un recurso literario. Otros recursos de esta novela son los siguientes.

      En primer lugar tenemos, fragmentada, la biografía que Denegri escribió de su padrastro para alejar los conflictos que tuvo con él y que culminaron cuando el periodista le dice que se hubiera quedado con su apellido que le dio en un acta de nacimiento falsa que le sacó en Texcoco; él estaba bien con su apellido argentino, Romay.

      Otro recurso de la novela es la confesión ante un psiquiatra, en donde se muestra vulnerable. Sabe que su alcoholismo se debe a su falta de horizontes; tiene dinero para procurarse cualquier placer, pero nada le satisface. Reconoce que el alcoholismo catapulta su carácter violento y no ignora que puede matar.

      Un tercer recurso es la confesión ante un sacerdote, ante quien acude cuando su alcoholemia alcanza niveles demenciales. Aquí cuenta que Ramón P. Denegri, su padrastro, echó del país a su padre, de apellido Romay, para quedarse con su madre. La familia había venido desde Argentina en busca de horizontes pero la Revolución Mexicana cerró todas las puertas. Fue una canallada cometida con la anuencia de su madre, hecho que adelanta las bellaquerías que cometerá su retoño.

      El cuarto recurso, que cierra el círculo de la vida de este manipulador y cocainómano se da cuando, accidentalmente, se encuentra en Estados Unidos a un supuesto primo que lo lleva a conocer a su “padre”, el señor Francisco Romay, mexicano, hijo de asturianos. Y resulta que él tampoco era su padre. Se casó con su madre, llamada Ceide, cuando estaba embarazada de un galán casado y lleno de hijos. En palabras de Romay, la señora “llevaba dentro la mala semilla”. (¿Que fructificó en el periodista?).

“Toda la vida he aborrecido en secreto a las mujeres que deseo”

Al final de la novela, cuando se revelan sus orígenes, Denegri se pone nuevamente frente al espejo: “Toda la vida he aborrecido en secreto a las mujeres que deseo. Las amo y les temo con la misma fuerza. Cuanto más guapas, menos confianza les tengo (…) Temo correr la suerte de Francisco Romay, a quien compadezco y sin embargo desprecio, por un mecanismo defensivo del inconsciente. Quiero ser Ramón el conquistador abusivo y gandalla, disfrutar la deshonra ajena, salirme con la mía por encima de todas las leyes”.

      Pero la vida le tenía reservada una muerte nada engrandecedora, que se anticipa con su romance con Nohemí, una mujer que le calentó la cama de la misma manera que hizo con varios hombres: derramó accidentalmente una copa de vino en su pantalón, para secarle la bragueta e iniciar una aventura delante de su marido.

      Serna trabajó un tiempo en el mundo de la telenovela, y esa experiencia aparece en esta obra porque, a lo largo de casi 500 páginas, se acumulan las infamias de Denegri hasta llegar al terrible final. Me recordó las canalladas de Catalina Creel que se acumulaban día tras día hasta que la mujer cayó en una piscina que tenía un cable de energía eléctrica caído accidentalmente. Era la manera de construir los culebrones. Se inflaban como un globo llenando de rencor a los televidentes quienes, una vez pinchado el globo, sentían que el mundo volvía al orden y la justicia. En El vendedor de silencio, cuando Denegri ya está enloquecido y acorralado, quema su fichero y esto habla de su derrota como periodista mercenario, pero nos recuerda también un cuento de Ryunosuke Akutagawa: “El biombo del infierno”, cuya quema, nos dice Juan García Ponce, es un acto de purificación.

      Dije al principio de esta nota que Denegri fue un producto de su tiempo y quiero volver aquí.

      Recientemente, una señora llamada Abril fue molida a golpes de bate por su marido. Dos jueces corruptos cambiaron la denuncia de intento de homicidio por violencia familiar y el marido salió libre. Luego la mandó matar y los jueces fueron destituidos y el marido anda a salto de mata por Estados Unidos. Denegri derrochó crueldades porque el aparato judicial y policial así lo permitían. Hoy su destino hubiera sido muy diferente.