La libertad no camina hacia atrás

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En redes sociales ha cobrado fuerza una imagen cuidadosamente producida: mujeres jóvenes, hogares impecables, vestidos vaporosos, panes recién horneados y una vida dedicada por completo al esposo, los hijos y la casa. Son las llamadas tradwives, esposas tradicionales que presentan el regreso a los antiguos roles de género como una elección deseable y, en algunos casos, como la respuesta al cansancio, la presión y las contradicciones que enfrentan las mujeres contemporáneas.

No hay nada reprochable en que una mujer decida dedicarse a su familia. La libertad también consiste en poder elegir el hogar, la maternidad y el cuidado como proyecto de vida. El problema comienza cuando una decisión personal se transforma en modelo moral; cuando la nostalgia se convierte en doctrina y una forma particular de vivir pretende presentarse como la única correcta para todas.

Porque una cosa es elegir quedarse en casa y otra muy distinta no tener derecho a salir de ella.

La diferencia parece evidente, pero no siempre lo es. Las imágenes idílicas de ese pasado omiten que durante siglos las mujeres no pudieron votar, estudiar, administrar sus bienes, ejercer determinadas profesiones, decidir sobre sus hijos, divorciarse o participar plenamente en la vida pública. Su dependencia económica y jurídica no era una preferencia estética ni una expresión de libertad: era el orden establecido.

El pasado que hoy algunas narrativas romantizan nunca fue tan amable con las mujeres como muestran las fotografías.

Cada derecho que tenemos fue conquistado frente a quienes aseguraban que modificar ese orden destruiría la familia, alteraría la naturaleza o acabaría con la sociedad. También el voto femenino fue considerado innecesario, inconveniente e incluso peligroso. En México, las mujeres obtuvimos el reconocimiento pleno de nuestros derechos políticos apenas en 1953. No ocurrió porque el poder despertara generoso una mañana, sino por décadas de organización, argumentos, resistencia y perseverancia.

Hoy nos parece absurdo imaginar que alguien pudiera cuestionar nuestro derecho a votar. Sin embargo, todos los retrocesos comienzan haciendo discutible aquello que creíamos indiscutible.

Los derechos nunca desaparecen de un día para otro. Primero se relativizan. Después se ridiculizan. Más tarde se presentan como excesos, privilegios o amenazas contra el orden. Finalmente, suprimirlos empieza a parecer razonable para una parte de la sociedad.

Por eso conviene observar con atención las narrativas que presentan la autonomía femenina como causa de infelicidad y la subordinación como camino hacia la armonía. No porque una mujer no pueda encontrar plenitud en el hogar, sino porque la felicidad de unas no puede utilizarse para limitar las posibilidades de todas.

La libertad no consiste en sustituir un mandato por otro. Durante muchos años se dijo a las mujeres que debían permanecer en casa. Sería igualmente injusto decirles ahora que solo pueden realizarse fuera de ella. La verdadera conquista es que ninguna tenga que vivir conforme a un destino decidido por alguien más.

Una mujer debe poder ser madre de tiempo completo, científica, empresaria, política, cuidadora, artista, trabajadora o combinar distintas facetas a lo largo de su vida. Debe poder elegir casarse o no hacerlo, tener hijos o no tenerlos, compartir responsabilidades o asumir voluntariamente algunas de ellas. Pero para que esa elección sea auténtica necesita derechos, educación, información, autonomía económica y alternativas reales.

Sin alternativas no hay elección. Hay dependencia.

También debemos preguntarnos por qué estas narrativas encuentran eco. Muchas mujeres están exhaustas. Se les pidió incorporarse al trabajo sin redistribuir las tareas domésticas; destacar profesionalmente sin dejar de ser cuidadoras perfectas; alcanzar independencia económica, criar, administrar, acompañar y hacerlo todo con una sonrisa. La doble jornada existe y el cansancio es real.

Pero la respuesta a esa desigualdad no puede ser devolver a las mujeres al punto de partida. No necesitamos menos derechos, sino responsabilidades mejor compartidas; no menos presencia femenina en el espacio público, sino hogares, instituciones y centros de trabajo capaces de reconocer que cuidar también es una responsabilidad social.

Idealizar la renuncia no resuelve la sobrecarga. Solamente la oculta detrás de una fotografía hermosa.

Defender los derechos de las mujeres tampoco significa despreciar la familia, la maternidad o las tradiciones. Significa impedir que cualquiera de ellas se convierta nuevamente en una frontera. Una familia construida sobre decisiones libres puede ser un espacio de amor y realización. Una familia sostenida mediante dependencia, obediencia obligatoria o miedo no es un refugio: es una forma de sometimiento.

No deberíamos olvidar que mientras en algunos lugares se juega discursivamente con la idea de volver al pasado, en otros las mujeres ya están siendo expulsadas de las escuelas, los empleos y la vida pública. Aquello que para unas puede parecer una tendencia atractiva en redes sociales, para otras constituye una realidad marcada por la prohibición y el silencio.

Los derechos adquiridos no son una pieza de temporada. No deberían avanzar o retroceder según la moda, la ideología gobernante o la nostalgia de quienes nunca padecieron su ausencia. Pertenecen a todas, incluso a quienes deciden no ejercerlos. Una mujer puede elegir no trabajar fuera de casa, pero necesita conservar el derecho a hacerlo. Puede decidir no participar en política, pero su derecho a votar y ser votada debe permanecer intacto. Puede preferir la dependencia económica dentro de una relación, pero la ley debe garantizarle personalidad, patrimonio y protección propios.

Esa es la diferencia entre una elección y una condena.

Toda mujer es libre de construir la vida que desea. Lo que nadie debería poder hacer es convertir su elección en la obligación de las demás. Mucho menos disfrazar la pérdida de autonomía como virtud o presentar la desigualdad como una forma superior de orden.

La historia de los derechos de las mujeres ha sido una marcha larga, difícil y todavía inconclusa. Cada generación recibió libertades conquistadas por otras y asumió la responsabilidad de ampliarlas, protegerlas y entregarlas a quienes vienen detrás.

Podemos revisar las cargas y contradicciones del presente. Podemos cuestionar un modelo que exige demasiado y acompaña muy poco. Podemos reivindicar el cuidado, la familia y la maternidad sin renunciar a la autonomía. Lo que no podemos es confundir el cansancio de avanzar con el deseo de volver atrás.

Porque la libertad puede tomar muchos caminos, pero nunca será libertad si para alcanzarla tenemos que perder derechos.

La libertad no camina hacia atrás.