
En el siglo XIX nació una corriente político-económica que pretendió resolver de fondo la desigualdad. Los postulados del socialismo parten de la manera cómo ese sistema entiende la desigualdad, la riqueza y el progreso de la humanidad.
Según el socialismo, el capital y la explotación del trabajo son el origen de todos los males de la humanidad, de modo que la “redistribución equitativa” del capital puede solucionar el problema de la desigualdad y la explotación laboral. Sin embargo, el capital no solo es el dinero, sino el trabajo, los bienes, el ahorro, la inversión, incluso, las decisiones, los riesgos y las previsiones del empresario para generar más capital en el futuro.
El empresario da acceso al trabajador para que pueda incorporarse a ese proceso de producción, pero surge el problema de preguntarse si el trabajador aporta más que el empresario, porque ¿el trabajador no gana más dinero? La pregunta formulada en esos términos necesariamente conduce al resentimiento, ya que las horas laboradas aparentemente son suficientes para que el trabajador gane más que el empresario. Pero no es así.
El trabajo por sí mismo no genera valor, ni capital. La verdadera producción y el progreso colectivo derivan de la armoniosa combinación de TODOS los factores de producción, no solo del trabajo. Una persona que pasa 12 horas cavando hoyos podría pensar que esa labor extenuante le traerá muchas ganancias, pero si nadie necesita de los hoyos cavados, no habrá ganancia porque, insisto, el trabajo aislado no produce ni riqueza, ni capital. Esta realidad económica ha sido mal entendida por el socialismo. Y ese mal entendimiento ha sido explotado para seducir a la mayoría de las personas para perpetuar la pobreza y la destrucción del capital bien ganado. Por eso los países socialistas no han terminado con la pobreza, al tiempo que destruyen la riqueza.
Los socialistas creen erróneamente que el valor de la producción se sustenta en el trabajo, pero la valía de aquélla es determinada subjetivamente por los consumidores que concurren a un mercado libre. He ahí la clave.
Esta última realidad es ignorada por el socialismo. Según los postulados ortodoxos de esta corriente, el culpable de los males de la humanidad es el empresario que se enriquece sin parar a costa de la explotación de sus empleados. Esa postura equivocada constituye el fundamento retórico del socialismo. Ese régimen afirma que los pobres no tienen nada porque unos cuantos acaparan la riqueza, porque el empresario solo vive para enriquecerse. La desigualdad existe. La vida no es igual para todos. Esa circunstancia es explotada por el socialismo para generar resentimiento y odio en contra de aquellos que generan el capital basándose en la disciplina, el trabajo y el talento del empresario. Y como en todo el mundo hay desigualdad, los postulados socialistas son populares por doquier. Esa es la base de su éxito y la raíz de su odio contra el empresario.