LA ENVIDIA COMO RÉGIMEN POLÍTICO

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francisco rodriguez

Un fantasma recorre el mundo. Se trata de un sistema que por muchos años ha seducido la mente de millones de personas que esperan un cambio radical de las estructuras fundamentales del sistema. Discursos elocuentes, reivindicadores de la sociedad ocultan el lado más oscuro de su origen: la envidia.

La envidia disfrazada de sistema económico y  político ha logrado convencer a millones de personas de que su fracaso económico no es el resultado de sus propias decisiones, de su falta de preparación, o de su resistencia de adaptarse a las señales de la realidad. La culpa, según el sistema político basado en la envidia, es de aquellos que han prosperado económicamente; de aquellos que han entendido cómo funciona el mundo y su realidad.

Y es que la prosperidad económica no es fruto del azar, ni de la explotación del hombre por el hombre. La prosperidad es el resultado del conocimiento y el entendimiento del mundo económico, de acumular capital en base a ese conocimiento, de mejorar o adquirir habilidades,  de invertir con inteligencia, de ahorrar sacrificando el momento presente, de servir a los demás a través de las reglas naturales de la economía.

La riqueza no es un elemento fijo que resuelva la pobreza colocando ese elemento donde hay a donde no hay (distribución equitativa de la riqueza). No es así.  La riqueza se crea todos los días gracias al ingenio, el trabajo constante y la cooperación voluntaria entre las personas.

Los regímenes sustentados en la envidia que no entienden esta regla natural terminan implementando políticas tendientes a destruir la riqueza en vez de abrir nuevas fuentes de prosperidad; terminan castigando al que prospera para colocarlo al mismo nivel que aquel es incapaz de crear su propio bienestar. No hay mejor política para seducir a la humanidad: el capital es algo malo que debe ser erradicado.

Esos regímenes políticos se nutren del resentimiento y la incapacidad de quien carece del ingenio para crear su propio bienestar. Por eso existen gobiernos comunistas, fascistas e, incluso, totalitarios que hacen de estos sentimientos el alma de colectivismo más feroz disfrazado de bienestar social.

En efecto, hay quienes han hecho riqueza aprovechándose de una posición privilegiada, perfeccionando un pacto entre el poder y la iniciativa privada. Esa situación, sin duda, debe ser castigada, pero no es suficiente para culpar al sistema económico de los males de la humanidad. Las leyes naturales de la economía son más que eso.

Si una persona acumula capital sustentándose en la comprensión del mundo económico, el trabajo, la disciplina y la constancia, la riqueza generada en esas circunstancias es legítima. Esa riqueza no debe ser sancionada, ni demonizada por ningún sistema político. Pero desgraciadamente resulta lo contrario. Ese círculo vicioso siempre ha existido, incluso, desde que el ser humano creó un sistema económico basado en sus necesidades. Unos prosperan; otros fracasan.

Cerrad los oídos a los cantos de esas sirenas. Guardaos de privilegiar la envidia y el resentimiento sobre la virtud y el trabajo.