

“Voy a enseñar lo que es la barriga de una señora de más de cuarenta años que ha dado a luz”, dice una mujer en un programa de televisión española. Da algunos brincos para que la panza le tiemble y se agacha para mostrar los principales pliegues que se le forman. A su vez, la presentadora contribuye bajándose un poco el pantalón para revelar la cicatriz de la cesárea y a mí se me hace un nudo en la garganta. Es tan amplio el recorrido que he hecho por la vida a mis sesenta y siete años, que estoy pasando de atestiguar la veneración que se le tenía a las modelos raquíticas con caras de enfermas de los setentas a esta autovalidación de la mujer común y corriente.
Recuerdo aquella vez que caminaba por Paseo de Gracia, hará unos siete años, y vi en un escaparate algo totalmente inverosímil. Tuve que regresarme para mirar bien. En el aparador principal de Jimmy Choo había un par de tenis en vez de zapatos de tacón. Allí me di cuenta de que las mujeres habíamos avanzado por fin en la línea de evolución. ¿Los habíamos convencido? ¿Nos habíamos convencido a nosotras mismas? ¿Era una estrategia de mercadotecnia? No importaba. Cuando salí de México en 2015, la mayoría de las mujeres aún iban de tacones a trabajar. Por el contrario, en Europa son muy pocas las que los utilizan.
Lo mío ha sido siempre la comodidad. Quiero poderme mover libremente, sin que me duela algo. No entiendo eso de hay que sufrir para ser bella o primero muerta que sencilla o no pain, no gain, lo cual no significa que no me gusten la ropa y el calzado bellos. Lo que no entiendo es que las personas, principalmente las mujeres, estén dispuestas a padecer y hasta a lastimarse para seguir una moda que dicta quién sabe quién. Me refiero desde luego a la presión estética que sufrimos desde siempre. Básicamente hay que estar delgadas y no envejecer. Los tacones se pusieron de moda en el siglo XVII en la corte de Luis XIV de Francia. Eran un símbolo de poder y estatus que utilizaban mujeres y hombres, sin embargo estos los abandonaron y quedaron asociados a la moda femenina. Tiene sentido. Con tacones de diez centímetros uno no tiene estabilidad, por tanto no puede correr o defenderse. Si les hubieran favorecido de alguna manera a los hombres, se los habrían apropiado. Como se apropiaron siempre de lo que les convenía.
Las mujeres hemos hecho de todo por encajar en el molde que se nos ha enseñado desde pequeñas que nos correspondía. Viví veinte años en Sayavedra en Zona Esmeralda, y conforme pasaba el tiempo, más amigas se operaban. ¿Órganos enfermos? No. Aumento de senos y aplanado de vientres. Tuve una amiga que se hizo las dos cosas al mismo tiempo para aprovechar el viaje. Luego me dijo que había sufrido muchísimo durante mucho tiempo, y para nada, porque el marido de todos modos la engañó. Recuerdo haber ido a cenar con Gustavo a casa de ellos. Mi amiga acababa de recuperarse y yo la vi espectacular con un vestido entallado que a mí no me habría quedado jamás. La felicitamos mucho y en una de las vueltas que dio a la cocina, su marido se le quedó mirando y comentó por lo bajo: ¡qué cuadrilona está!. O sea que no había sido suficiente. ¿Y él estaba fabuloso? ¡Claro que no! Gordo y fofo.
Nunca he entendido por qué hombres que no se cuidan físicamente en absoluto exigen tanto de sus mujeres. Eso de por sí es absurdo e injusto, ¡pero que a ellas les parezca normal es lo peor! Ese tipo de injusticias me han sacado siempre de quicio. Por eso, el que las mujeres hoy no se acomplejen porque no tienen vientres planos, sean capaces de usar calzado cómodo con el que pueden caminar, elijan afeitarse o no las axilas y se dejen las canas (cosas todas que hacen ellos), me parece un gran paso. Me encanta vivir en una época en la que en muchos países podemos elegir qué ponernos o quitarnos. Y aunque sé que aún no es así en todas partes, agradezco que ya no se espere que nos ciñamos a las modas como lo hicieron nuestras madres. Y que, si se espere, no nos importe.
A la fecha yo jamás he sabido lo que son las fajas, cosa que mi madre siempre usó. Si la ropa es lo bastante gruesa, la uso sin brassier, mientras mi madre, encima, usaba de los largos con unas varillas que se encajaban en la piel. Sobre todo recuerdo haber visto sus pies llenos de callos y con los dedos engurruñados por usar tacones en el trabajo y el transporte público. Las mujeres de su tiempo no tenían alternativa. Y me llena de espanto oír a algunas chicas decir: me habría gustado vivir en aquella época en la que llevaban guantes y esos vestidos tan bonitos, porque no saben lo que había debajo de esos vestidos y lo que padecían para usarlos. Como siempre sucede, la ignorancia nos hace romantizar lo atroz.
Agradezco a las mujeres inteligentes que tienen el poder personal suficiente para comer, vestirse y vivir como les da la gana. Les debemos mucho.