Escribir con miedo y publicar con valentía, así la libertad de prensa en México

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Cada 3 de mayo, se conmemora el Día Mundial de la Libertad de Prensa, una fecha que en teoría celebra la palabra libre, el pensamiento crítico y el derecho a informar sin ataduras; en México, sin embargo, la conmemoración adquiere un tono distinto: más que celebración, es recordatorio, más que orgullo, es advertencia; porque aquí, ejercer el periodismo no solo implica investigar y narrar la realidad, sino también sobrevivirla.

La libertad de prensa, ese principio que debería ser firme, sólido, inquebrantable, o al menos estable, se ha convertido en un derecho frágil, vulnerable, constantemente amenazado; no es una crisis aislada ni circunstancial, es un fenómeno persistente que se ha arraigado en distintas regiones del país, donde informar puede incomodar y donde incomodar puede costar la vida.

Las cifras acumuladas en las últimas décadas dibujan un panorama inquietante, organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de expresión han documentado decenas de asesinatos de periodistas en México desde el inicio del siglo XXI, muchos de ellos relacionados con su labor informativa; no se trata de episodios esporádicos, sino de una secuencia constante que revela un patrón: investigar temas sensibles, como corrupción o abuso de poder, puede convertir al periodista en blanco.

La violencia no es solo física, es simbólica, es directa, pero también indirecta, es visible, pero muchas veces invisible, es brutal, agresiva, despiadada, pero también silenciosa, sutil y persistente; antes del asesinato, suele existir una cadena de advertencias: amenazas, intimidaciones, seguimientos y ataques digitales; el objetivo es claro, inhibir la publicación, desalentar la investigación y sembrar miedo. Este último, cuando se instala, no solo afecta al periodista, sino a toda la sociedad.

Uno de los factores más alarmantes en este escenario es la impunidad, la gran mayoría de los delitos cometidos contra periodistas no se resuelve, no hay responsables, no hay sanciones, no hay justicia, la ausencia de castigo no es neutral; es un mensaje, es una señal que dice que agredir a un periodista puede salir gratis y cuando la violencia no tiene consecuencias, se repite.

La justicia debería ser rápida, efectiva, contundente, no lenta, ineficaz ni ausente, sin embargo, en muchos casos, la respuesta llega tarde o no llega, esa demora no solo prolonga el dolor de las víctimas, también debilita la confianza en el Estado; el periodista en México no enfrenta un solo riesgo, sino varios, en otros, surgen desde el poder político, donde la crítica se percibe como ataque, también existen presiones económicas, donde intereses privados intentan controlar la narrativa pública.

Esta convergencia convierte al ejercicio periodístico en una actividad compleja, donde cada publicación puede tener consecuencias imprevisibles, no es un entorno seguro, protegido, garantizado, sino incierto, expuesto y riesgoso.

Más allá de la violencia directa, existe otra forma de agresión menos visible pero igualmente dañina, la precariedad laboral, ya que muchos periodistas trabajan sin contratos estables, sin seguridad social, sin respaldo institucional; por ende, los salarios bajos y la falta de protección generan una vulnerabilidad estructural que limita su independencia.

Un periodista sin recursos es más susceptible a presiones, un periodista sin respaldo es más fácil de silenciar, la censura, en estos casos, no se impone con amenazas explícitas, sino con condiciones adversas; no se grita, se insinúa, no se impone, se filtra.

En los últimos años, el debate público ha incorporado un elemento preocupante, la descalificación sistemática del periodismo, cuando desde el poder se cuestiona la legitimidad de la prensa, cuando se desacredita su labor o se le presenta como adversaria, se genera un clima hostil; la crítica es parte de la democracia, la estigmatización, no.

Las palabras también tienen consecuencias, pueden ser constructivas, responsables, necesarias o destructivas, imprudentes y peligrosas y cuando el discurso público erosiona la confianza en la prensa, se debilita uno de los pilares fundamentales de la vida democrática.

México enfrenta una paradoja inquietante, no es un país en conflicto armado, pero sus niveles de violencia contra periodistas son comparables a los de naciones en guerra, esta realidad obliga a replantear el concepto de seguridad, porque la libertad de prensa no solo se mide en leyes o discursos, sino en condiciones reales de ejercicio.

Un país donde informar implica riesgo no puede considerarse plenamente democrático, a pesar de todo, el periodismo en México persiste, continúa en redacciones pequeñas, en medios independientes, en reporteros que, a pesar del miedo, siguen investigando.

Esa persistencia no es casual, es convicción, es la certeza de que la verdad importa, de que la información es un derecho, de que el silencio no puede ser la respuesta, cada nota publicada es un acto de resistencia, cada investigación difundida es un desafío al miedo.

El periodismo, en este contexto, deja de ser solo una profesión para convertirse en una forma de defensa social, el Estado tiene una responsabilidad clara, garantizar condiciones seguras para el ejercicio periodístico no basta con reconocer el problema, es necesario enfrentarlo.

Se requieren mecanismos de protección eficaces, investigaciones rigurosas y sanciones ejemplares, se necesita voluntad política, pero también compromiso institucional, la libertad de prensa no puede depender del valor individual de los periodistas, debe sustentarse en estructuras sólidas que la protejan.

El Día Mundial de la Libertad de Prensa debería ser una celebración de la palabra libre, pero, en México, sigue siendo una jornada de reflexión y exigencia, reflexión sobre lo que se ha perdido.

La libertad de prensa es esencial, indispensable, fundamental; no opcional, secundaria ni prescindible; es un derecho colectivo que permite a la sociedad conocer su realidad, cuestionar al poder y construir su futuro. Mientras exista un periodista amenazado, la libertad estará incompleta, mientras exista una voz silenciada, la democracia estará en deuda, porque informar no debería ser un acto de riesgo, debería ser, simplemente, un derecho.