

El 27 de mayo de 2024 me matriculé en la Autoescuela Liceu para sacar mi licencia de manejo. La obtuve el 23 de marzo de 2026. Casi dos años y tres mil euros después.
Yo entendía que, tratándose de un país diferente, las regulaciones serían distintas y tenía que aprenderlas. Era normal y, según yo, sería facilísimo. Las clases eran de una hora dos veces a la semana hasta aprobar el examen teórico, y resultaron extrañamente entretenidas. El objetivo era aprender -completo- el Manual para la obtención del permiso B, un documento editado por la Dirección General de Tránsito. Son casi trescientas hojas de una información muy técnica y específica. En mi clase había gente que venía de otros países y hablaban el español con trabajo. ¿Cómo iban a pasar ese examen?
Muerta de miedo, lo presenté el diecisiete de octubre de 2024. Es decir, casi cinco meses después y, por fortuna, lo pasé al primer intento. El sentimiento de liberación fue inmenso.
Seguía el examen práctico.
Tengo sesenta y seis años y he conducido desde los dieciséis. Lo he hecho hasta en Sudáfrica, donde se circula por la izquierda. Ese examen iba a ser pan comido. El 21 de enero compré las primeras diez clases. A treinta y cinco euros cada una. Pensé que con eso sería suficiente y hasta me sobraría. Cuál sería mi sorpresa cuando el profesor no dejó de corregirme durante los cuarenta y cinco minutos que recorrimos Granollers. Todo lo hacía mal. Metía el clutch demasiadas veces, llegaba al alto en neutral, a medio cambio de marcha aceleraba, no frenaba con motor en las pendientes, en los pasos de peatones no me detenía antes de que el peatón pisara las franjas, y un largo etcétera. Resultó que, para los estándares de España, manejaba muy mal. ¡Pero si llevo una vida haciéndolo y jamás he tenido un accidente!, le dije a Kevin, mi profesor, al final de la primera clase. Pero aquí no te estoy enseñando a conducir, sino a pasar el examen de la DGT. Una vez que lo logres, volverás a manejar como quieras, me contestó.
En realidad no había tomado en cuenta que llevaba ocho años sin conducir porque había vivido en Barcelona, donde la eficacia del transporte colectivo hace inútil el auto, y en Breda, donde la ciudad es tan pequeña que prefería caminar. Además, antes de eso había conducido coche automático; ahora tenía comienzo de cataratas, lo cual me hacía sentir insegura y, lo más importante: mi padre me había enseñado como había podido. En suma, como en México no existen los exámenes de conducción de verdad y la licencia se expide tan solo con pagarla, yo era una total analfabeta vial.
Me costó sangre desaprender y luego aprender. Y seguía cometiendo errores. Al dar vuelta, pisaba la línea continua; me pasaba alguna señal de STOP de las que hay en el pavimento y equivalen a la luz roja de los semáforos; ponía las luces direccionales para entrar en las rotondas pero no para salir; y otro largo etcétera.
Por fin, mi profesor consideró que estaba lista para presentarme al examen el 21 de julio de 2025. Ese día, al final de la prueba me pidieron estacionarme y me tardé demasiado, por lo cual me suspendieron. Tuve que esperar tres meses para el siguiente. En esa ocasión me estacioné en un lugar prohibido y volvieron a suspenderme. Volví a esperar tres meses (la cual es una oportunidad sensacional para las autoescuelas, porque uno sigue compra y compra clases) y, por fin, obtuve fecha para el 23 de febrero. Como era la tercera vez, debí pagar 250 euros por “renovación de expediente”.
Ese día, a pesar del nerviosismo manejé bien, me estacioné como es debido en un lugar correcto y, ¡al fin!, pasé. De nuevo, el sentimiento de liberación fue inmenso. Yo sabía que conducir sin permiso aquí era muy grave, pero por fortuna no estaba consciente de qué tanto. Resulta que es un delito muy gordo: las penas incluyen prisión de tres a seis meses, multas de doce a veinticuatro meses o trabajos comunitarios, además de la inmovilización del vehículo.
¡De la que me salvé! Hoy me siento segura y contenta conduciendo por Cataluña pues conozco la normativa, tengo todos mis documentos en regla y, aunque estaba segura de que en cuanto me dieran mi licencia volvería a conducir como antes, me doy cuenta de que al final sí me reacomodaron los cables. Soy otra al volante. I am reloaded. But free!