La Sagrada Familia treinta años después

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Rosa Ana Cronicas Esmeralda
Antenoche, Gustavo propuso ir a caminar a la Sagrada Familia. La idea no me entusiasmó porque el lugar suele estar lleno de gente. Además, había hecho la visita guiada hacía tres años. Terminamos cenando él, Miri y yo en uno de los restaurantes de la rambla que viene desde el hospital de Sant Pau. Al terminar, caminamos hacia la basílica. Era hermoso ver cómo se iba revelando entre las frondas de los árboles. Sigue siendo monumental ese edificio que parece un apiñamiento de botellas con tapas como crestas de gallo, lleno de arcos, columnas, ventanas y elementos que hacen referencia a santos, instituciones o misterios de la fe católica, además de una profusión de tallas en piedra de un tipo y de otro porque la cantera de la que se abastecían se agotó y tuvieron que ir a conseguir el material a otros lugares. 
Ese edificio es una aglomeración de todo. En 1926, cuando murió Gaudí, solo se había construido una de las dieciocho torres del conjunto. En la fachada del Nacimiento uno identifica las formas redondeadas, orgánicas, típicamente abigarradas de Gaudí. La de la Pasión, por el contrario, se caracteriza por sus sobria  formas geométricas en arista. De la de la Gloria, que es la más importante por ser la entrada principal, ni hablemos, porque aún está por construir.
Rodeamos la construcción mirando hacia arriba. Me di cuenta de que habían incluido un montón de detalles que no conocía: puntiagudos techos de escamas metálicas, remates de mosaicos coloridos. Gustavo señalaba una cosa, yo otra, cuando Miri pegó un grito gozoso. Eran las diez de la noche. Acababan de prender la estrella que corona la torre de la Virgen María.
Nos sentamos en una banca a contemplar el conjunto, ahora iluminado, y aprovechamos para contarle a Miri cómo habíamos visto la basílica hace treinta y cinco años, en nuestro primer viaje a Barcelona, cuando le dije a Gustavo que esa era la única ciudad de toda España en donde yo viviría. En aquel entonces no sabía que tenía boca de profeta. Gustavo le explicó que la construcción estaba en una cuarta parte del total. Ni siquiera tenía techos. Y lo que uno visitaba era la enorme maqueta adentro. Resultaba maravilloso, pues, verla casi acabada. Solo faltan la Torre de Jesucristo, que será la más alta, rematada por una cruz de cristal y cerámica blanca de diecisiete metros de altura. Habían planeado acabarla en 2026, pero la ausencia de turistas durante la pandemia y su lenta recuperación,al ser la principal fuente de ingresos para la construcción, ha cancelado esa fecha.
Y claro, la fachada principal. Le conté a Miri que hace tres años que pasamos por allí, al verla Gustavo comentó que deberían tirar los edificios de las calles de Mallorca y Provenza, pues se echan encima de la construcción. Desde una banca, un hombre protestó. Nos explicó que los vecinos de esas calles enfrentan un enorme problema. Resulta que el gobierno planea tirar los edificios de esas calles para dar espacio a la basílica, que solo lo tiene desde la Plaza de Gaudí que da a la fachada del Nacimiento y  la Plaza de la Sagrada Familia que da a la de la Pasión. El gobierno no lo ha hecho porque los vecinos han protestado y es un desembolso cuantiosísimo, pero ahora sus propiedades no valen nada. No pueden venderlas porque todo mundo sabe que serán destruidas, y tienen el tiempo contado. Un lío. 
En todo caso, esa noche disfrutamos las vistas, la alegría de Miri ante la estrella prendida, y la satisfacción de saber que quizá nos toque ver la obra terminada.