Los cinco días que no comí

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Alarm clock with fork, knife and plate on the table. Top view. Time to eat.
Rosa Ana Cronicas Esmeralda

Llevo siete años sufriendo migrañas todos los días. He hecho de todo para sanar. En Sudáfrica me practicaron una operación extracreaneal, probé tres tratamientos diferentes en Holanda, el mismísimo doctor Watson, el fisioterapeuta australiano experto en migrañas, me trató en una visita que hizo a Barcelona. Me han visto médicos generales, neurólogos, chamanes, fisios, ¡hasta Botox me inyectaron! A veces seguían seis días sin síntomas y echaba las campanas a volar. ¡Lo había logrado! Pero el dolor volvía. Mientras tanto, había llegado al grado de tomar cinco analgésicos diarios para prevenirlo, más la pastilla por si entraba de lleno. Ya era una adicta. Al despertar, lo primero que hacía era buscar en mi cabeza la menor huella de dolor. Y así todo el día. Apenas se presentaba el aura, me echaba un analgésico a la boca, no fuera a desencadenarse la migraña. Yo sabía cómo era eso y le tenía pánico.  

En 2021 decidí tomar terapia por primera vez con la esperanza de descubrir el origen del padecimiento. Además, era hora de enfrentar todo aquello que uno dice “yo puedo sola” y se va quedando allí sin resolver. Tuvimos sesiones súper interesantes e intensas y finalmente, a fines de año, Jokin, mi terapeuta, me dijo:

-Rosa Ana, has hecho de todo y no ha funcionado. Es hora de intentar algo radical. Yo he tenido pacientes con fibromialgia, Parkinson y cáncer que han sanado con ayuno. Te invito a que pienses en la posibilidad de pasar cinco días a pura agua. 

Me quedé patidifusa. Amo comer. Sobre todo ir a restaurantes con mi familia o amigos. Es lo que más disfruto. No en balde tengo sobrepeso. Además, siempre he sido incapaz de saltarme un alimento. Eso me causa ansiedad. Sin embargo, ya vivía con el miedo de que un día mi hígado protestara ante la cantidad de medicamentos que consumía. Era hora de hacer algo.

El 15 de febrero dejé de comer. Estaba preparada para terribles sufrimientos y mi gran sorpresa fue darme cuenta de que cuando el cuerpo comienza la autofagia, es decir a alimentarse de sus reservas de energía, el hambre desaparece. Pasé el día entero tomando traguitos de agua cuando sentía la boca seca o el estómago protestaba. 

Por la madrugada se desencadenó el dolor y lo tuve por rachas al día siguiente, pero durante la noche aumentó y ya no se me quitó al otro día con todo y su noche. Esto, no el ayuno, me tenía exhausta. Me la pasaba echada aquí y allá sin poder hacer nada. Además fueron días extraños porque el no preparar comida ni sentarme a comer le quitaba referencias al día, alargándolo. Justo cuando lo que quería era acortarlo. 

La mañana del quinto día amanecí al fin sin dolor. ¡Era increíble la sensación de energía y libertad! Al sexto, comencé a comer frutas y verduras. ¡Qué placer el masticar! 

-Ahora debemos ver qué es lo que desencadena la migraña -anunció Jokin-. Durante dos semanas comerás sin lactosa, sin gluten y sin azúcar. Luego iremos introduciendo una cosa y otra hasta ver qué soporta tu organismo. Y si un día quieres atascarte en un restaurante, por ejemplo, y eso dispara el dolor, puedes ayunar. Ahora tienes el poder de sanar tu cabeza tú, no los medicamentos. 

Dos semanas después, sin tomar una sola pastilla, me siento muy alegre. Si la migraña vuelve, he aprendido que puedo aguantar el dolor en lo que lo hago desaparecer. Siento como si me hubiera quitado toneladas de encima. Como si en vez de sanar mi cuerpo, mi cuerpo me estuviera sanando a mí.