El lenguaje inclusivo

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Rosa Ana Cronicas Esmeralda

¡Cómo me divirtió Todo va a estar bien, la serie creada, dirigida y producida por Diego Luna! Uno de los temas que pone sobre la mesa en su historia es el del lenguaje inclusivo. Sus personajes lo utilizan. Luego, en su discurso para recibir un premio durante la ceremonia de entrega de los Premios Platino del Cine y el Audiovisual Iberoamericano, celebrada el domingo 3 de octubre en Madrid, dijo: Nos toca a todos, a todas, a todes, contar nuestros cuentos. Nadie mejor que nosotres para hablar de nuestro contexto.

No me gusta, pero lo entiendo. Me parece que es el extremo previsible del péndulo. El idioma castellano reconocía apenas a las mujeres. El genérico era masculino, y las profesiones también. Por eso me alegró que se incluyera al género femenino con cada vez mayor puntualidad. El problema es que se ha llegado a un extremo de corrección política que obliga a terminar con cada palabra que acaba con o, llegando a absurdos. Como si se hubiera soltado a la fiera para que fuera libre y ahora no se supiera qué hacer con ella. 

Luego vinieron más requerimientos, por parte de las personas que no se identifican con los géneros masculino o femenino. Exigen ser incluidos añadiendo a las palabras terminadas con o con a, la e.  Y tomando en cuenta que el nuevo mandamiento es no ofender a nadie, muchos se sienten obligados a usarlo. Pero al hacerlo miran a los lados, a ver como cae, a ver si funciona, a ver… 

En su libro Ni por favor ni por favora, la escritora María Martín propone hablar con una conciencia plena de que el lenguaje crea realidad y de no querer perpetuar discriminaciones.  Ella cree que se puede hablar un castellano correcto según las reglas de la gramática y no discriminar a nadie. Por ejemplo, en vez de comenzar un discurso diciendo Buenas tarde a todos y a todas, decir: Buenas tarde a todo el mundo, o solo Hola, buenas tardes. Es decir eludir el género. Parece una solución sencilla, pero no siempre es posible lograrlo.  

Por su parte, la escritora Avelina Lesper dice: La imposición de llamar o señalar a una persona por sus preferencias, afinidades o identificaciones sexuales, antes era una manera de estigmatizarla. Hoy es una exigencia, y el precio lo paga el lenguaje… La imposición de la letra e para llamar o identificar a alguien, que a su vez se identifica con tal o cual sexo, más que un asunto de justicia social es un capricho de la masa puritana. 

En lo personal creo que ninguna minoría, independientemente de las razones que tenga, puede imponer nada en el lenguaje. Y no porque tenga o no razón o porque sea justo, sino porque una de sus características principales es la liquidez. Escapa por todas partes y se mete por doquier. Se filtra gota a gota perforando lo que parecía permanente. No hay virtud moral que logre modificarlo. Lo hace algo más ordinario: el uso. La terminación en es fea, deforma el lenguaje, pero no será la RAE la que decida su inclusión o no, sino lo cómodos que lleguemos a sentirnos utilizándola, hasta que por costumbre halle un lugar propio en nuestra manera de decir. O no. Quizá termine yéndose por allí por donde llegó.