El voto… ¿irracional?

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Algunos pensarán que la pregunta del encabezado de este artículo es redundante. Es decir, hablar del voto lleva a lo irracional per se.  No hace falta calificar la emisión del voto como algo irracional. Es una y la misma cosa.  Esto resulta así porque una decisión ponderada, analizada en forma exhaustiva y metodológicamente impecable, resulta imposible al tratarse de votaciones.  Son eventos que, por definición implican un alto grado de contenido emocional, en otras palabras, son “decisiones” que se “toman” con el estómago, o con el hígado, o con multitud de factores que influyen la preferencia de los electores expresada en las urnas… menos con la razón.
 
El fenómeno tan reciente y relevante del Brexit es un ejemplo claro. La sorpresa ha sido mayúscula en todo el mundo. Y no tanto por el resultado, sino por el proceso por el que se llegó a él: un impulso nacional de expresión que, al final, arroja incertidumbres mayores.  Quizás, en un entorno distinto, por ejemplo, en el ámbito de los negocios y dentro de  la mejor escuela de decisión –la de carácter prudencial- , se tendrían que haber ponderado riesgos, limitaciones, vulnerabilidades e impactos en forma exhaustiva para poder emitir un voto… No sucedió así, quizás imperó el mexicanismo “me late”, que ahora escala a nivel internacional, para asentarse cabalmente también en Europa.
 
Pero así son las votaciones, no es la racionalidad la que impera, sino el gusto o el “me late” de las personas que se acercan a las urnas. Toda elección es el desenlace de una competencia entre contendientes armados hasta los dientes con toda clase de “argumentos” en pro de sus propuestas y personas, y en la que se emplean toda clase de recursos –lícitos e ilícitos- para asegurar que los rivales queden destrozados, exhibidos, ridiculizados y bastante maltrechos.  Las elecciones del 5 de junio en México han sido una prueba de que el rechazo a la incompetencia, la corrupción y la impunidad son los ejes que guían los deseos de los electores en la próxima elección presidencial. Quien capitalice ese descontento (ojo, una emoción), será el ganador.
 
¿Cuál sería el riesgo de que una votación irracional decidiera, por ejemplo, el rumbo de México en el sexenio 2018-2014? Al menos uno de los contendientes ya está firmemente plantado y en campaña permanente.  Con una retórica de intensa carga emocional pretende sumar voluntades a su intención de conquistar el poder.  Esa retórica de iracundia, rechazo, queja, alarma y en general de llamamientos incendiarios, no hace más que abonar el terreno para la votación irracional.
 
Ciertamente, la situación del país, así como las torpezas,  incompetencias y miopías en el manejo de los conflictos por parte de las autoridades federales, no ha hecho sino acrecentar la iracundia de los irracionales, dando con ello “argumentos” plenos y contundentes para una votación consecuente.

No sería de extrañar entonces que ese partido de la iracundia se eleve triunfante en la próxima sucesión presidencial.