A PROPÓSITO DEL 30 DE ABRIL

0
2
francisco rodriguez

Uno de los postulados del filósofo Friedrich Nietzsche consiste en la esencia del niño, ente que vive sin ninguna limitación. Según Nietzsche, el niño es el ser más libre del mundo por esas razón.

En ese sentido, Arthur Soppenahuer sentenció que el ser humano heredará la identidad, las costumbres y la forma de ser de su entorno. Desde el seno del hogar, la familia y las amistades, todos somos el resultado de nuestro entorno social.

El niño como ser libre, se limita a vivir de acuerdo a su voluntad: juega sin pensar en nada más, pregunta sin prever algún resultado adverso, aspira a lograr sus metas sin ninguna preocupación; no conoce ni límites, ni condiciones.

El adulto como un ser ya moldeado educa al niño con la finalidad de convertirlo en alguien de provecho, una persona de bien. Todos los padres crían a sus hijos con amor, pero ese amor es imperfecto, pues queriéndolo o no, el adulto se convierte en el canal de comunicación de las aspiraciones, las frustraciones y los temores de los mayores.

El niño que vive en un entorno como este, aprende a guardar silencio, a obedecer y a limitarse cuando se lo indique un adulto. Cualquier infante ha aprendido que ciertos temas no se preguntan ni en casa, ni fuera de ella. El niño se moldea de manera que aprende a manejar dos versiones de su personalidad: la suya propia y la que debe mostrar en familia. Una de esas versiones – la propia -, puede causar molestia; mientras que la otra – la impuesta – le abona reconocimiento.

Este círculo educativo fue calificado por Nietzsche como una etapa de la “moral del rebaño”. El niño, ya moldeado por la educación que recibió, solo aspira a lo que le permite su educación, sólo aprueba o rechaza lo que le impusieron externamente, solo vive la felicidad acorde a su personalidad externa (impuesta).

Ese ciclo se justifica porque el adulto fue criado bajo los mismos patrones y con la misma perspectiva de sus padres y sus abuelos. En  tiempos remotos, padres y abuelos eran educados de manera rígida e inflexible. Ni siquiera era permitido dudar o rebelarse contra algún patrón educativo. Y aunque los tiempos han cambiado, las costumbres, los viejos patrones y estereotipos del pasado aún siguen vigentes.

Esa forma tan peculiar de educar, sin duda, termina con la capacidad de cuestionar y replantear lo que puede ser cambiado, lo que puede perfeccionarse, y  lo que debe ser erradicado. Un padre que no aprendió a cuestionar, a dudar o a revelarse cuando era necesario, seguramente habrá de heredar los mismos patrones a sus hijos.

La libertad comienza cuando el adulto cuestiona y luego permite que su hijo cuestione. Esa es la mejor manera como un niño puede vivir de acuerdo al planteamiento de Nietzsche: la libertad se vive sin prejuicios, ni imposiciones. En estos tiempos, educar a un niño que dude, que pregunte o que se rebele es algo raro en un mundo moderno, pero ordinario.