

Imaginemos una discusión con una persona que argumenta sin conocimientos, ni experiencia sobre un tema que aborda apasionadamente, de modo que ni siquiera advierta su ignorancia, pero se ostenta con una seguridad que hace dudar a su interlocutor a pesar de que éste conoce la ignorancia del hablante.
Ese fenómeno no es nuevo. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer descubrió hace más de 200 años que ese mecanismo siempre se encuentra vigente. Schopenhauer observó este patrón en pláticas y discusiones en el marco académico, en los círculos de poder, en las reuniones sociales, etc. El contexto es el mismo: la gente ignorante habla con mucha seguridad de manera que esa seguridad podía excluir, incluso, a una corriente de pensamiento.
Ese fenómeno fue calificado por Arthur Schopenhauer como “el paraiso del tonto”. Eso significa que la inteligencia humana tiene la capacidad para entender la complejidad, pero este entendimiento requiere de conocimientos previos. Aquellos que carezcan de los conocimientos para entender la complejidad, verán todo como algo simple, como algo fácil de entender. Ese es “el paraiso del tonto”, o sea, un estado de certeza absoluta creado por la ignorancia.
La versión moderna de este fenómeno está presente en todas partes. Alguien, por ejemplo, lee un artículo sobre política económica, sobre historia, o escucha un podcasts sobre estoicismo, y cree que es el experto que cambiará al mundo con los vagos conocimientos que ha adquirido accidentalmente con exclusión de escuelas de pensamiento, así como lo advirtió Schopenhauer.
Los expertos todólogos modernos son conscientes de sus conocimientos superficiales, pero absolutamente inconscientes de su inexperiencia y de las profundidades de las que carecen.
Bien decía Schopenhauer que el que escribe para tontos siempre tendrá lectores a su disposición, pues los tontos no pueden distinguir entre lo superficial y lo profundo. La gran mayoría no sabe distinguir entre un argumento simple y uno profundo, pues ambos lucen igual, así que la mayoría elige el argumento simple.
En el sentido anterior, todo mundo está familiarizado con todos los temas posibles. Pero nadie entiende nada profundamente. Marco Aurelio entendió muy bien este punto. Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad. El tonto cree que las opiniones son hechos y las perspectivas verdades, porque no puede distinguir entre exposición y comprensión.
Cuando se confunde la exposición con la comprensión se deja de aprender porque se deja de estudiar y analizar, o sea, por qué estudiar si entiendo algo perfectamente. Esa perspectiva nos sumerge en un estado de conocimiento aparente. Por eso el tonto cree que es inteligente, pues ha confundido el entendimiento con la comprensión. En vista de lo anterior, antes de hablar de un tema en concreto, habrá que preguntarse si se podría enseñar a alguien más, o si se podría defender un punto de vista con argumentos sólidos frente a eruditos, de lo contrario, seremos inexpertos, y hay que admitirlo. El tonto jamás lo haría.