Cuando la tragedia une fronteras: el rol irremplazable de la sociedad civil

0
16

En la zona centro sur de Chile, los incendios forestales han dejado víctimas fatales, una realidad que lamento profundamente. Cada vida perdida representa una historia interrumpida, una familia devastada, una comunidad que no volverá a ser la misma. A ello se suma la desaparición de comunidades completas, territorios arrasados y miles de personas que, en cuestión de horas, lo perdieron todo.

Al mismo tiempo, en Italia y España, los recientes choques de trenes han estremecido a la ciudadanía europea, dejando a familias enfrentadas al dolor, la incertidumbre y el impacto emocional propio de tragedias que ocurren sin aviso. Escenarios distintos, contextos diversos, pero una misma pregunta de fondo: ¿quién responde primero cuando todo colapsa?

La respuesta, una y otra vez, apunta hacia un actor que rara vez encabeza los titulares: la sociedad civil organizada.

Cuando el fuego avanza o el acero colisiona, no siempre es el Estado el primero en llegar. Son los vecinos, los voluntarios, las fundaciones, las organizaciones sociales y las redes ciudadanas quienes se activan con rapidez, muchas veces sin recursos formales, pero con un profundo conocimiento del territorio y de las necesidades reales de las personas. La ayuda en terreno, la contención emocional, la organización espontánea y la reconstrucción inicial suelen nacer desde ahí.

En medio de estas tragedias emergen también los llamados héroes sin capa. En España, un joven se convirtió en un apoyo clave tras uno de los choques ferroviarios, ayudando a orientar y asistir a cientos de personas en momentos de absoluto desconcierto. Sin cargo, sin uniforme y sin obligación alguna, actuó movido únicamente por la empatía y el sentido de comunidad. Estos gestos, aparentemente pequeños, sostienen a sociedades enteras en los momentos más críticos.

En Chile, este fenómeno ha sido aún más evidente. Una influencer, movilizando a la sociedad civil a través de redes sociales, logró llegar rápidamente a las zonas afectadas con camiones de ayuda y, posteriormente, concretar la donación de cinco viviendas para familias que lo habían perdido todo. Su capacidad de acción fue significativamente más rápida que la respuesta del gobierno central y de varios municipios. Más allá de la figura pública, el hecho deja una señal clara: cuando la ciudadanía confía más en personas, fundaciones u organizaciones que en las instituciones formales, algo profundo está fallando.

La sociedad civil no reemplaza al Estado, pero hoy cumple un rol que se ha vuelto crítico en contextos de baja credibilidad institucional. Fundaciones y ONG actúan donde la burocracia se entrampa, donde la política demora y donde la urgencia no puede esperar. Su legitimidad se construye en la acción, en la cercanía con las comunidades y en resultados concretos, no en discursos.

Desde América Latina hasta Europa, estas tragedias nos recuerdan que la resiliencia no se decreta ni se improvisa: se construye en comunidad. Y esa construcción requiere organizaciones sociales fuertes, transparentes, articuladas y reconocidas como aliadas estratégicas, no como actores secundarios.

México lo sabe bien. Terremotos, inundaciones y emergencias han demostrado que, cuando las instituciones tambalean, es la ciudadanía organizada la que sostiene la esperanza, coordina la ayuda y reconstruye el tejido social. Por eso, mirar hoy lo que ocurre en Chile, Italia y España no es solo un ejercicio informativo, sino un llamado urgente a fortalecer la sociedad civil, apoyar a las ONG y fundaciones, y repensar seriamente el vínculo entre Estado, municipios y ciudadanía.

Las tragedias seguirán ocurriendo. Lo que sí podemos decidir es qué tipo de sociedad somos cuando ocurren: una que desconfía, se paraliza y espera, o una que se organiza, actúa y acompaña. Hoy, más que nunca, el mundo necesita de esta última.