

Durante estos días de enero hemos vuelto a escuchar hablar de la Asamblea del World Economic Forum, más conocido como el Foro de Davos. Desde hace ya 55 años, este encuentro reúne a líderes empresariales, responsables políticos internacionales, periodistas e intelectuales con un objetivo común: analizar los principales desafíos económicos, sociales y geopolíticos que afronta el mundo.
En esta edición, como viene siendo habitual, gran parte del debate ha estado marcado por un entorno internacional especialmente convulso. El efecto Trump, los conflictos en Venezuela, Irán o Rusia, el papel creciente de China y las tensiones internas de Europa han vuelto a situarse en el centro de muchas conversaciones. Pero Davos no es solo un foro de diagnóstico geopolítico. También es un espacio donde se ponen sobre la mesa iniciativas orientadas a generar nuevas oportunidades económicas, mejorar el bienestar social, impulsar la innovación tecnológica y acelerar la transición hacia modelos de desarrollo más sostenibles y preparados para el futuro.
Escuchando algunas de estas reflexiones, me encontré con un concepto que resulta especialmente sugerente desde el punto de vista empresarial: la llamada economía de la empatía.
La palabra empatía viene del griego empatheia que significa “sentir dentro” o “padecer dentro” y en la psicología moderna podríamos denominarla como capacidad de comprender y compartir los sentimientos de otra persona, “ponerse en sus zapatos”.
Aunque pueda parecer un término reciente, lo cierto es que no lo es. Adam Smith, a quien solemos identificar únicamente como el padre del liberalismo económico, ya introdujo la empatía —a la que llamó sympathy— como un pilar fundamental del comportamiento económico en La teoría de los sentimientos morales (1759). Para Smith, los seres humanos no actúan solo por interés propio; también lo hacen movidos por su capacidad de comprender al otro, algo imprescindible para la cooperación, la confianza y, en última instancia, para el buen funcionamiento de los mercados.
En un contexto empresarial marcado por la incertidumbre, la competencia global y consumidores cada vez más exigentes, las empresas se enfrentan a un desafío central: diferenciarse de forma sostenible. La experiencia reciente demuestra que ya no basta con competir en precio, eficiencia operativa o calidad técnica. Las organizaciones que mejor se adaptan son aquellas capaces de comprender profundamente a las personas con las que interactúan. En este marco emerge la llamada economía de la empatía, entendida como un enfoque que sitúa la comprensión del otro —clientes, empleados, proveedores y comunidades— como un activo estratégico para la creación de valor.
La economía de la empatía parte de una idea sencilla: las decisiones económicas no son neutras ni puramente racionales. Están condicionadas por percepciones, emociones, experiencias previas y contextos reales. Cuando una empresa ignora estas variables, asume riesgos innecesarios; cuando las integra, mejora la calidad de sus decisiones. En términos prácticos, la empatía permite reducir fricciones, anticipar conflictos y construir relaciones más sólidas y duraderas, elementos clave para la estabilidad y el crecimiento empresarial.
Desde la perspectiva de la empresa y la PYME, este enfoque tiene una aplicación directa. Las pequeñas y medianas empresas, que constituyen el núcleo del tejido productivo tanto en Europa como en América Latina, suelen contar con una ventaja diferencial: la cercanía. La relación directa con clientes y equipos facilita la escucha activa, el trato personalizado y la adaptación rápida. Cuando esta cercanía se gestiona de forma estratégica, se traduce en mayor fidelización, mejor reputación y un uso más eficiente de los recursos.
En el ámbito del cliente, la empatía permite diseñar propuestas de valor más ajustadas a la realidad del mercado. Comprender cómo el cliente percibe el precio, el riesgo o el servicio recibido ayuda a mejorar la experiencia y a aumentar la recurrencia. Empresas que escuchan activamente a sus clientes suelen detectar antes los cambios en la demanda y reducir costes asociados a errores de diseño, devoluciones o insatisfacción. En mercados cada vez más saturados, esta capacidad de comprensión se convierte en una fuente clave de diferenciación.
La empatía también tiene un impacto directo en la gestión interna. Organizaciones que prestan atención al bienestar, las expectativas y las limitaciones reales de sus equipos logran mayores niveles de compromiso y productividad. Para una PYME, donde la rotación de una sola persona puede afectar significativamente al negocio, cuidar el clima laboral no es un lujo, sino una decisión económica racional. Menor rotación, menos absentismo y mayor implicación reducen costes ocultos y fortalecen la capacidad operativa de la empresa.
Asimismo, la economía de la empatía fortalece las relaciones con proveedores y aliados estratégicos. En un contexto de cadenas de valor cada vez más tensionadas, comprender las necesidades financieras y operativas de los socios comerciales permite construir relaciones más estables y resilientes. Esto reduce riesgos de interrupción, mejora la planificación y genera confianza mutua, un factor especialmente relevante para empresas de menor tamaño.
Finalmente, desde una perspectiva de largo plazo, la empatía contribuye también a la innovación y adaptación. Las empresas que escuchan de forma sistemática a su entorno —mercado, empleados, comunidad— están mejor preparadas para anticipar cambios y responder a nuevas demandas. En este sentido, la empatía actúa como un sistema de alerta temprana que permite innovar con menor coste y mayor probabilidad de éxito.
En definitiva, la economía de la empatía invita a repensar la competitividad empresarial desde una perspectiva más realista y sostenible. Las empresas que integran la comprensión humana en su estrategia no solo mejoran su impacto social, sino que toman mejores decisiones económicas. Para la PYME, este enfoque representa una oportunidad clara: convertir la cercanía y el conocimiento del entorno en una ventaja competitiva duradera, alineada con los desafíos del presente y del futuro.