

En México, durante décadas, el trabajo ha sido más que un medio de sustento, una forma de vida impuesta, una rutina que comienza antes del amanecer y termina cuando el cuerpo ya no puede más. Millones de personas han construido su existencia alrededor de jornadas extensas, trayectos interminables, turnos dobles y horas extra que se vuelven costumbre, en ese esquema, el tiempo personal se reduce a migajas: un saludo rápido, una cena interrumpida por el cansancio y un domingo que se evapora.
Hoy, el país se encuentra ante una posibilidad histórica: recuperar horas de vida; la propuesta de reforma para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales representa mucho más que un ajuste técnico en la legislación es, en esencia, una transformación cultural, una nueva manera de entender el trabajo no como sacrificio permanente, sino como una actividad compatible con la dignidad humana.
De acuerdo con el Secretario del Trabajo y Previsión Social, Marath Baruch Bolaños López, esta transición beneficiará directamente a 13.4 millones de trabajadores y lo hará bajo un principio fundamental, la reducción de horas no implicará disminución de salarios ni pérdida de prestaciones.
En un país donde el esfuerzo ha sido tantas veces sinónimo de desgaste, el anuncio resuena como una promesa de justicia cotidiana, ya que, reducir la jornada laboral no es simplemente trabajar menos, es reconocer que el tiempo también es un derecho.
Cada hora liberada representa algo concreto: una madre que podrá llegar antes a casa, un padre que podrá ver despiertos a sus hijos, una joven que podrá estudiar, un trabajador que podrá descansar sin culpa; la reforma, en el fondo, pone sobre la mesa una pregunta profunda, ¿cuánto de la vida debe pertenecer al empleo y cuánto debe pertenecer a la persona?
México ha sido históricamente una nación de largas jornadas, en muchos sectores, trabajar más de 48 horas semanales no es excepción, sino norma, la productividad, sin embargo, no siempre ha ido de la mano con el bienestar, el cansancio acumulado, los problemas de salud, el estrés crónico y la erosión de la vida familiar han sido costos invisibles de un modelo que mide el valor humano en horas trabajadas.
Esta reforma plantea un giro, el progreso no puede basarse en el agotamiento, el plan propuesto establece una reducción paulatina: dos horas menos por año a partir de 2027, hasta alcanzar la semana laboral de 40 horas. La gradualidad no es casual, se trata de permitir una adaptación ordenada, tanto para los centros de trabajo como para la economía nacional, el objetivo es claro: que el cambio no se traduzca en precarización ni en recortes disfrazados, sino en una evolución real del mercado laboral.
Marath Bolaños ha sido enfático, los trabajadores no perderán ingresos ni derechos, esa garantía es el núcleo de la reforma, porque reduce el temor histórico de que cualquier ajuste termine cargándose sobre los hombros del empleado, la reducción del tiempo laboral no debe significar trabajar menos para ganar menos, sino trabajar mejor para vivir más.
Como toda reforma estructural, esta iniciativa abre discusiones intensas, algunos sectores empresariales expresan inquietudes sobre costos, reorganización de turnos y competitividad, otros, en cambio, ven una oportunidad, ya que, trabajadores con mayor descanso tienden a ser más eficientes, más comprometidos y menos propensos a accidentes o ausentismo.
El mundo ha mostrado que las jornadas más cortas pueden aumentar la productividad cuando se acompañan de mejores condiciones laborales. México, con su enorme fuerza trabajadora, podría entrar en una nueva etapa donde el rendimiento no dependa de la extenuación, sino del equilibrio, pero más allá del debate económico, la reforma toca una fibra más profunda: la justicia del tiempo.
Durante generaciones, millones de mexicanos han aprendido que la vida ocurre después del trabajo, que el descanso es un premio, que el tiempo libre es un lujo, la reforma de las 40 horas rompe esa lógica, reconoce que el tiempo no es un sobrante, es parte esencial de la existencia.
No se trata únicamente de liberar dos, cuatro u ocho horas semanales, se trata de reconstruir lo que esas horas significan: salud mental, convivencia familiar, desarrollo personal, descanso real y comunidad. En una época donde la prisa domina y el agotamiento se normaliza, reducir la jornada laboral es también un mensaje moral, el país no puede avanzar dejando atrás a quienes lo sostienen.
Si esta iniciativa se consolida, México estaría frente a una de las reformas laborales más relevantes del siglo XXI, no solo por su alcance numérico, 13.4 millones de beneficiarios directos, sino por su impacto simbólico, el reconocimiento de que el trabajo debe estar al servicio de la vida, y no al revés.
El tiempo, al final, es el recurso más democrático y más injustamente distribuido. Todos tenemos 24 horas al día, pero no todos pueden vivirlas, reducir la jornada laboral es, en última instancia, devolverle al trabajador algo que nunca debió perder, la posibilidad de existir más allá del empleo.
Y quizá, dentro de algunos años, cuando el país mire atrás, entenderá que esta reforma no solo cambió horarios, cambió destinos y cambio vidas.