El Nuevo Silencio Público

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No todo silencio es indiferencia. A veces es cansancio. A veces, cálculo. Cada vez más, supervivencia cívica.

En México seguimos viendo la falta de participación como pura flojera: “la gente no se mete”, “ya no le importa”, “no entiende”. Pero quizás estamos leyendo mal las señales. Este silencio creciente no viene de la ignorancia, sino de quien sabe perfectamente lo que pasa… y elige callar. No es por falta de ideas, sino por el alto costo de expresarlas.

La investigadora alemana Elisabeth Noelle-Neumann explicó esto hace décadas con su idea de la “espiral del silencio”. Si sientes que tu opinión te va a dejar solo, te la guardas. Poco a poco, las voces minoritarias desaparecen, la aparente mayoría se ve más grande y el debate público se achica. En nuestro México de 2026, con reformas electorales y fiscales que polarizan todo, esto se acelera: según el INEGI, más de la mitad de los adultos evita debates públicos por miedo a problemas sociales o en el trabajo.

Hoy el problema no es solo quedar mal en la comida familiar. Es el terror a que un tuit te persiga para siempre, a que te etiquetan y te cierran puertas laborales o amistades por “pensar mal”. En un país donde la charla pública parece ring de boxeo (con mañaneras interminables y linchamientos en redes), muchos optan por lo más sensato: no entrar al pleito.

A este silencio se suma un cansancio profundo, casi personal: la fatiga moral de quien quiere ser buen ciudadano. Hoy la política pide estar al pendiente de todo el día: leer noticias, enojarte, compartir, corregir, denunciar, discutir. Pero nadie aguanta la indignación eterna.

Las redes lo empeoran: premian los gritos y la rabia pura. Estudios lo confirman (como el de la revista Science que muestra cómo los algoritmos empujan a la gente a copiar lo más agresivo porque da más likes). Hablar con calma parece debilidad; Reflexionar preguntando, complicidad.

Al final, quedamos atrapados: culpables si nos callamos, exhaustos si hablamos. Nos hartamos de pelear sin cambiar nada, de cargar con la tensión de un país en guerra permanente. No es desinterés: es agotamiento puro. Encuestas regionales como Latinobarómetro dicen que México lidera en “cansancio político” después de las elecciones de 2024.

Otro ingrediente tóxico es esa palabra que suena bien pero aprieta: “consenso”. Suena sensato el buscar acuerdos, pero en la práctica se usa para exigir que todos piensen igual. Discrepar se convierte en pecado moral.

La filósofa política Chantal Mouffe lo dice claro: la democracia no elimina los choques de ideas, los canaliza para que no terminen en odio puro. En México, pedir “consenso” castiga al que molesta: “divide”, “polariza”, “estorba”. Así, en nombre de la paz, matamos el debate real. Sin roce, no hay democracia viva.

Pensadores como Habermas lo dejaban claro: la democracia se fortalece con un espacio donde todos den razones lógicas y se escuchen de verdad, sin que un lado imponga su ley. Pero si cambiamos argumentos serios por gritos y reflexión por consignas vacías, la lección es simple: mejor no decir nada.

Lo más grave es que hemos ido perdiendo al ciudadano verdaderamente incómodo. No al gritón, al hater ni al trol de redes. Hablamos de quien no se alinea ciegamente, de quien pregunta dos veces, se resiste al “así son las cosas” y exige rendición de cuentas sin convertirse en fanático.

Ese tipo estorba a todos: a los extremos, a los políticos, a los algoritmos que viven de drama. No da show: da preguntas duras. No aviva la guerra: pide orden. Hoy, con la polarización convertida en tribus (donde tu bando es santo y el otro demonio), no hay lugar para matices. El incómodo termina callado o echado a un lado.

Y no es casual: el acoso en línea funciona. Estudios recientes muestran que casi la mitad de los mexicanos limita lo que dice en redes por miedo a ataques. Cuando el castigo se vuelve normal, callar es protegerte.

Entonces, no se trata de exigir “participen más” como si fuera un gesto sencillo o neutro. Se trata de cambiar las reglas para que hablar no tenga un costo tan alto. De aceptar, primero, que discrepar es saludable y no un pecado cívico; que no todo conflicto divide, que a veces simplemente ventila. Dejar de exigir pureza absoluta, porque ser ciudadano no es convertirse en soldado de un bando, sino pensar con claroscuros. Construir espacios de conversación seguros. Y, sobre todo, traer de vuelta al ciudadano incómodo, para que preguntar, dudar o matizar vuelva a ser leído como una fortaleza y no como una traición.

Una democracia que solo admite aplausos o insultos termina gobernando a un país de espectadores callados. Ese es el verdadero riesgo de este nuevo silencio: no irrumpe, se instala; no grita, avanza despacio, casi con elegancia. Hasta que un día lo entendemos con nitidez: las ideas no se agotaron, lo que se perdió fue el permiso social para decirlas.

No queremos más ruido. Queremos sistemas ( sociales, políticos, en redes, en medios, etc),  que escuchen de verdad, sin castigar al diferente.

Porque una democracia sin sus ciudadanos incómodos luce ordenada… pero está muerta por dentro.