Cuando la vida nos detiene

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El 27 de diciembre Gustavo, mi pareja, se rompió el peroné de la pierna izquierda. Orlando, mi hijo, había llegado desde Australia para pasar diciembre con nosotros y ese sábado nos alistábamos para ir a comer en Barcelona. No pudo bañarse porque no salía agua caliente. Gustavo se echó una bata encima y salió con pantuflas a revisar la caldera. Llovía desde el día anterior. Al bajar la escalera resbaló, cayó y terminamos en el hospital.

Hoy, seis de febrero, puedo decir que esa fractura reconfiguró una relación que ya veníamos Gustavo y yo ajustando desde 2024. Básicamente habíamos trabajado en romper los patrones que nos impedían tener una convivencia plena. Pero aún faltaba. Y lo sabíamos, pero con las pequeñas tentativas que hacíamos pensamos que sería suficiente. Pues no. La vida no se anda con medias tintas. Teníamos que ser totalmente honestos.

Desde que salimos de México nos hemos dividido las tareas en las casas donde hemos vivido, porque la ayuda doméstica en Europa es tan cara que normalmente se tiene solo una vez por semana. Él cocina, pero yo barro, trapeo y lavo trastes. Él se encarga de sacar la basura cada día y yo de lavar la ropa, tenderla, recogerla, doblarla, plancharla y ponerla en su lugar. Esto ha estado bien y nos ha funcionado durante años. El problema es que él ha sido siempre el “resolvedor”. Cualquier trámite que se ofrece, él lo hace. Cualquier cosa que no funciona en las casas que habitamos, él las repara. Cualquier problema, él lo soluciona. Yo estaba tranquila pensando que él era bueno para eso mientras yo lo era para tejer la red de amistades que nos apoya en cada país. El problema fue que poco a poco fui volviéndome dependiente. No era capaz de hacer compras en línea, cada vez que íbamos a alguna oficina pública a hacer algún trámite, él me entregaba un fólder con documentos que no sabía de dónde había sacado ni qué contenían. Lo peor fue el año antepasado cuando fui a México a presentar Susurros de Libertad en la FIL de Guadalajara. Estaba aterrada de viajar sola. ¿Por qué, si yo hacía viajes sola a Europa que duraban meses, cuando tenía veintitantos años? Pues porque desde que comenzamos a vivir juntos Gustavo y yo, él es quien lo organiza y lo resuelve todo, y yo, muy cómoda, me he dedicado a lo que me gusta: escribir y leer.

Esto funcionó hasta hace unos cuatro años, cuando me di cuenta de lo dependiente que me había vuelto. Un día escuché decir en un podcast a José Millán, el astrólogo español, que cuando alguien que tiene el Sol en Virgo se va de la relación, el otro se derrumba porque no sabe cómo resolver nada. Gustavo tiene el Sol en la Casa de Virgo, y es tal cual. Pero esta fue una danza de dos. Y como yo tengo el Ascendente en Tauro, me comporté como la vaca que se echa a masticar pacientemente mientras el otro corre de un lado al otro.

De pronto, la vida detuvo a Gustavo, que parecía trompo chillador. Con la pierna enyesada ya no podía hacer nada. Ahora tenía que aprender a hacer lo que nunca hace: pedir ayuda y dejarse atender. Y yo tuve que aprender a hacer lo que nunca hago: resolverlo todo y atenderlo.

Pocos días después del accidente, cayó una tormenta como las de verano en México. Era una mañana fría y oscura de seis grados centígrados. Puesto que la temperatura no iba a remontar en todo el día, decidí poner la calefacción, pero no funcionó. Iba a tener que hacer lo que Gustavo fue a hacer el día que se cayó: checar la caldera. Desde abajo hice una videollamada con él, quien me daba instrucciones. Costó, pero al final logré mover la perilla correcta al lugar debido y eché a andar el aparato. Aprendí.

Otro día me estaba desnudando para meterme a bañar cuando se fue la luz. Tuve que volverme a vestir porque de nuevo no habría agua caliente. Gustavo me indicó qué palancas mover en el tablero eléctrico. Aprendí.

Cada día tengo que organizar el tipo de basura que hay que dejar en un cubo del color determinado por el ayuntamiento según el tipo de desperdicios y colgarlo en el muro junto a la reja de la casa. Aprendí.

He tenido que cocinar tres veces al día cada día. Aprendí.

Lo más difícil ha sido tener que salir de casa porque aún no consigo la licencia de conducir y es muy arriesgado salir sin ella, pero también he tenido que hacerlo -venciendo el miedo- para hacer compras y llevarlo al hospital.

Lo interesante es qué sucederá cuando Gustavo vuelva a caminar. Si reincidiremos en nuestra versión cómoda pero autodestructiva o al fin tomaremos responsabilidad sobre una nueva versión de nosotros, más consciente. Para eso, Gustavo tendrá que confiar en que yo también puedo solucionar contratiempos, que no tiene que hacerlo todo él, y yo en que soy capaz de hacerlo sin que eso signifique hacer a un lado mis pasiones.

En todo caso es maravilloso cómo el Cosmos se encarga de casi obligarnos a dejar lo que ya no nos funciona y optar por la vida que realmente queremos vivir.