

La noche del primero de noviembre de 2025 quedará grabada en la memoria de Uruapan no por las velas encendidas en los altares de Día de Muertos, sino por la llama que se apagó para siempre en la vida pública del municipio. Carlos Alberto Manzo Rodríguez, Presidente Municipal, cayó abatido frente a su pueblo, frente a las luces de una celebración que buscaba honrar la vida, y terminó siendo símbolo del sacrificio que significa gobernar en tierra de miedo.
Su historia no es la de un político más, es la de un hombre que decidió no mirar hacia otro lado, que enfrentó a la violencia con las únicas armas que conocía: la palabra, la cercanía y la convicción de que su tierra podía ser distinta, en tiempos donde muchos prefieren callar o pactar, Carlos eligió hablar y resistir, por eso, su muerte duele tanto, porque se siente como si hubieran silenciado una esperanza colectiva.
Desde su llegada al poder, Carlos Manzo caminó las calles, habló con comerciantes, con jóvenes y con madres que lloraban por la inseguridad, su voz se volvió incómoda, porque denunciaba lo que todos sabían y pocos se atrevían a decir, no gobernó desde el escritorio, estuvo en el campo, en los mercados, en las colonias donde pocos funcionarios pisan sin escoltas, su visión de gobernar era cercana, humana, y eso lo convirtió en un líder querido, pero también en un blanco visible.
Había advertido las amenazas, sabía que los riesgos eran reales, pero no quiso irse ni esconderse, decía que su misión era “devolverle a Uruapan el orgullo de vivir sin miedo”, y cada vez que hablaba de su municipio, lo hacía con una mezcla de orgullo y tristeza, consciente de que su lucha era desigual, pero convencido de que valía la pena intentarlo.
Esa noche del primero de noviembre, el Presidente Municipal asistió al tradicional Festival de las Velas, era un evento simbólico, lleno de vida, de flores, de música, de luz, ahí estaba, como siempre, rodeado de su gente, saludando, sonriendo, agradeciendo, no había miedo en su mirada, solo el brillo de quien se sabía en su casa, entre su pueblo.
Pero la oscuridad llegó sin aviso, entre los murmullos, los disparos rompieron el aire, fueron segundos que se hicieron eternos, la gente corrió, las velas cayeron, los gritos se mezclaron con el sonido de las detonaciones, en medio del caos, el cuerpo de Carlos Manzo se desplomó, herido por la cobardía que siempre ataca desde las sombras.
Aún con vida, fue trasladado al hospital más cercano, ahí, entre médicos y oraciones, su corazón no resistió más. La noticia se extendió como un eco imposible de creer: habían asesinado al Presidente Municipal, al hombre que se enfrentó al miedo y pagó el precio más alto por hacerlo.
Las horas siguientes fueron de incredulidad, Uruapan se detuvo, las calles amanecieron en silencio, los comercios cerraron sus puertas, y miles de ciudadanos salieron a colocar veladoras frente al Palacio Municipal, no hubo discursos vacíos ni palabras políticas; hubo lágrimas verdaderas, abrazos que temblaban, miradas perdidas.
En los murales alguien escribió con tiza blanca: “No mataron al alcalde, mataron la esperanza”, tal vez eso resume lo que muchos sienten, que no fue solo un hombre, fue una causa, una ilusión de que las cosas podían ser distintas.
Su familia, sus amigos, sus colaboradores lo recordaron no como un mártir, sino como un ser humano valiente y profundamente enamorado de su tierra, decía que “Uruapan no necesita héroes, necesita ciudadanos valientes”, y terminó convirtiéndose en ambos.
Hoy, su nombre se pronuncia con un nudo en la garganta, porque más allá del cargo, Carlos Manzo representó algo que escasea, su historia debería enseñarse como ejemplo de lo que significa servir al pueblo de verdad, Uruapan sigue llorando, pero también sigue resistiendo, las velas que se encendieron aquella noche ya no solo iluminan el altar de Día de Muertos, sino que alumbran el compromiso de quienes no quieren olvidar, en cada plaza, en cada calle, en cada voz que pide justicia, hay un pedazo de su legado.El asesinato de Carlos Alberto Manzo Rodríguez no puede quedar en el olvido ni reducirse a una cifra más en la lista de víctimas, fue un crimen contra la esperanza, un golpe al espíritu de una ciudad que, aun herida, se niega a rendirse, que su nombre no se apague., que cada vela encendida en su memoria sea una promesa: la de no ceder ante el miedo, la de no callar ante la injusticia, la de mantener viva la lucha que él comenzó.