Venezuela 2026: Del Cambio de Régimen a la Reconfiguración del Derecho Internacional

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Por : Mayté Garcia Miravete

El 3 de enero de 2026 marcará un hito irreversible en la historia contemporánea de las Américas, no solo por la captura de Nicolás Maduro en territorio venezolano, sino por la consolidación de una nueva doctrina de poder expresada a través de la retórica de Donald Trump. Este evento, que trasciende la simple detención judicial de un mandatario cuestionado, debe analizarse bajo una lente objetiva que diseccione la arquitectura verbal de un mensaje diseñado para reconfigurar el orden hemisférico. La narrativa oficial, lejos de ser un mero reporte de hechos, se constituye como un manifiesto de dominación donde la justicia, la economía y la soberanía son redefinidas según los intereses de Washington.

Esta ruptura con el protocolo diplomático tradicional se manifiesta, en primera instancia, a través de una agresiva estrategia de criminalización que el lingüista Teun van Dijk identificaría como el “cuadrado ideológico”. Al despojar a Maduro de su estatus de jefe de Estado y reducirlo a la categoría de “delincuente común” y “narcoterrorista”, Trump logra neutralizar cualquier defensa basada en el derecho internacional. Esta operación semántica permite que una intervención militar sea percibida por la opinión pública no como una guerra, sino como una ejecución judicial necesaria, desplazando la legitimidad de las urnas hacia la legitimidad de los tribunales estadounidenses.

No obstante, el alcance de esta narrativa trasciende las fronteras venezolanas para proyectar una sombra de advertencia sobre los liderazgos vecinos, específicamente en las figuras de Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum. El discurso de Trump utiliza la caída de Maduro como un correctivo para lo que él denomina la “soberanía de inacción”. Al cuestionar públicamente la capacidad de la presidenta de México para enfrentar a los carteles y calificar de “radical” al mandatario colombiano, se establece una dicotomía peligrosa: la soberanía de los países latinoamericanos queda condicionada a su eficacia y alineación con los estándares de seguridad de los Estados Unidos.

Frente a esta periferia de líderes percibidos como antagónicos o “débiles”, el discurso estadounidense construye un contraejemplo de lealtad en la figura de María Corina Machado. Sin embargo, este apoyo no carece de matices paternalistas; aunque se le reconoce como una “mujer valiente”, se subraya que su libertad es un producto derivado del poderío estadounidense, lo que sitúa a la futura administración venezolana en una posición de clara subordinación. Aquí, el contrato de comunicación que describe Patrick Charaudeau se vuelve evidente: Washington ofrece la liberación a cambio de una tutela política que garantice un gobierno “totalmente pro-americano”.

Sin embargo, detrás de este velo de justicia moral y liberación política, subyace el motor pragmático que otorga viabilidad real a la operación: el control de los recursos energéticos. La insistencia de Trump en que “el petróleo vuelva a salir” bajo la gestión de corporaciones estadounidenses revela que la reconstrucción de Venezuela no es un proyecto de beneficencia, sino una inversión estratégica. Desde una perspectiva de ciencia política, esto representa la instauración de un protectorado económico donde la infraestructura petrolera se convierte en la moneda de cambio para financiar la “transición ordenada” que Washington pretende encabezar.

Este entrelazamiento de intereses económicos y despliegue militar nos obliga a revisar las implicaciones éticas bajo el rigor del análisis crítico del discurso. Lo que Trump define como un “espectáculo brillante” similar a un “programa de televisión” es, en términos de Charaudeau, el uso máximo del Pathos para cautivar a una audiencia sedienta de resultados decisivos. El peligro de esta estética del poder es que normaliza la erosión de la soberanía nacional, sugiriendo que la fuerza militar y la rentabilidad económica son los únicos árbitros válidos en el escenario global.

En última instancia, el análisis estricto de los hechos nos conduce a una conclusión ineludible: la captura de Maduro es el nacimiento de una era donde la autodeterminación de los pueblos parece haber sido reemplazada por una “justicia de excepción” dictada desde el Norte. Para México y el resto de la región, el discurso de 2026 es una señal de que la neutralidad ha dejado de ser una opción viable. El nuevo orden hemisférico no se basa en el consenso, sino en la eficacia de la fuerza y en una narrativa que, al tiempo que libera a una nación de un dictador, la vincula de manera indefinida a los intereses de su captor.