Tiempo de pruebas

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Rosa Ana Cronicas Esmeralda

Llegamos a las nueve y media de la noche a un hotel en el Norte de Ámsterdam, pues al día siguiente teníamos una cita con unos amigos y puesto que habíamos ido a dejar a una sobrina al aeropuerto, Gustavo decidió que sería buena idea pasar la noche en la ciudad. Era el hotel Tribe, de cuatro estrellas con estacionamiento. 

Llegamos cansados y hambrientos, deseosos de cenar y meternos a la cama después de un día agitado. La primera sorpresa fue descubrir que el estacionamiento estaba lleno. Nos miramos incrédulos. No podía ser. 

-¡En el sitio web decía que tenían parking! -exclamó Gustavo.

Me quedé en el auto mientras él bajaba a averiguar. Quince minutos después regresó furioso diciéndome que batallaron para encontrar su nombre en el sistema. Cuando al fin lo hallaron, le dieron la noticia de que tendríamos que ir a otro estacionamiento “a seis minutos de aquí”, lo cual era una mentira, pues aunque se veía desde nuestra habitación, es difícil llegar hasta él y regresar, pues está rodeado de carreteras. 

Me dejó en la habitación con las maletas y me dijo que regresaba rápido para que bajáramos a cenar. Tardó más de media hora. 

-Vamos a cenar -le dije en cuanto llegó.

-No podemos. Ya cerraron el restaurante.

-¿Qué? Bueno. Pues pidamos algo a la habitación.

-Ya pregunté y me dijeron que no tienen ese servicio.

Lo miré incrédula. ¿Nos íbamos a acostar sin comer nada?

-Vamos a llamar a la recepción para preguntar qué hacer -propuse.

Buscamos pero no había teléfono. 

Gustavo subió por segunda vez.

-El muchacho me recomendó pedir comida por Thuisbezorgd -que es la aplicación de aquí.

Eso hicimos. La comida llegaría a las 11:40. Le pedí a Gustavo que se tranquilizara y propuse ver una película mientras esperábamos para relajarnos. Sin embargo, él se dio cuenta de que el pedido no tenía la dirección correcta. Llamó al restaurante y, en efecto, no la tenían. Pero no pudo hacer más porque el chico que atendía apenas hablaba inglés. 

-Voy a tener que bajar a la recepción y tragarme mis palabras para que ellos hablen al restaurante y arreglen todo en holandés.

Regresó a la habitación, vimos cualquier cosa en la televisión y de pronto eran las doce de la noche. Enfurecido, Gustavo me anunció que bajaría al bar a ver qué conseguía. Tardó mucho pero encontró al encargado, quien le vendió algunos snacks. Tuvo que bajar a la recepción para pagar y allí tardaron en cobrarle porque no tenían los precios. Subió con bolsitas de frituras y galletas y dos refrescos. Íbamos a abrirlos cuando le llamaron desde la recepción para que bajara por la pizza. Les dijo que antes le habían informado que nos la traerían a la habitación. Contestaron que no tenían ese servicio. Más enojado aún, Gustavo tuvo que ir a recoger nuestra entrega.

Mientras nos comíamos la pizza, pasada la medianoche, puse al azar un video donde Elsa Farrus, dice: 

“Tras el eclipse, empezamos tres semanas cuya consigna es sostener la neutralidad en pleno caos. Es tiempo de soltar los juicios. En el juicio está la cárcel de la expectativa. En el juicio está la ira porque las cosas no son como yo deseo. En el juicio está la ira contra ti mismo porque estás esperando que el otro cambie. No importan las catástrofes que me rodeen. Lo que importa en dónde quiero estar”.

-¡No manches! -comenté con la boca llena-. ¡Esto era una prueba!

Gustavo no pudo contestar. Se carcajeaba sumergido en una crisis nerviosa de risa. 

-Pues reprobamos -le dije mirándolo. 

Él seguía riendo.